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Humor

El día de hoy nos alejaremos un poco de las recomendaciones sobre películas para ver, y discutiremos sobre un tema que suele surgir últimamente. ¿Vale la pena ir al cine a ver una película?

Antes de que quieran algunos de ustedes comenzar a mentarme la madre por la pregunta, conviene aclarar. Obviamente una película se disfruta mucho más en una sala oscura, en una pantalla más grande, y con un mejor sonido. Sí, eso no lo negaré, pero el que valga la pena ir al cine hoy día, depende de otras cosas también.

Pensemos en este escenario.

Es miércoles, día por excelencia (sin contar fines de semana) para ir a ver una película solo o con los cuates. Decides ir al cine, afortunadamente, en el país, tenemos la competencia de varias compañías dedicadas a la exhibición de películas. Sean Cinemex, Cinepolis, Cinemark, o algunas de sus subsidiarias, así que no es raro (en las ciudades por lo menos) el encontrarse con un complejo cerca de nuestro hogar. Llegas al cine de tu elección y comienzas a pensar en qué película ver. Eso siempre acarrea un problema claro está, porque si se te ocurre pedirle una recomendación a quien esté atendiendo la taquilla, de recomendarte el estreno de turno, no pasa.

Al fin te decides por ver la nueva película de acción de la que todos hablan, ese estreno del verano. Preguntas el precio y es ahí donde comienzan los problemas. Creo que en promedio se encuentra la entrada en unos 50 pesos. Eso sí, siempre y cuando sea temprano, porque a partir de las 3 de la tarde por lo general ya vale 60, y si es ya en la noche, obviamente le vuelven a subir el precio. Claro, antes debes de esperar a que tu buen amigo el/la taquillero/a, termine de conversar con sus amigos mientras te ignora completamente.

Tienes que decidir entonces, como vas a disfrutar de la película. ¿Normal? ¿3D? ¿Doblada? ¿Subtitulada? ¿IMAX? ¿Por qué no IMAX-3D? ¿O tal vez VIP? Ah, pero aquí está uno de los problemas del cine, si por cualquier cosa tienes ganas de ver alguna película infantil en su idioma original (que por lo general es el inglés), bien puedes darte ya por vencido. En mi experiencia, es casi imposible encontrar una sala en donde se exhiba una película infantil subtitulada, tendrás que esperar a que salga el DVD o el Blu-ray.

No olvidemos que algunos cines ya te dan la opción de elegir tus asientos, pero claro como es el estreno del verano, todo está prácticamente lleno, así que observas entre tus opciones de los pocos asientos libres que quedan. Comienza a dolerte la cabeza, te preguntas si veras mejor en la primer fila o en la esquina que al parecer esta tapada por una columna, mientras eres presionado por tu buen amigo el taquillero (que ya ha terminado de platicar), y la fila de clientes tras de ti con sus caras de fastidio. Cthulhu te ilumina y descubres un único asiento solitario justo en medio del cine, sin pensarlo mucho, lo seleccionas, pagas tu boleto y te marchas de la fila.

Terminado tu dolor de cabeza, te das cuenta que esa torta de tamal que te comiste en la mañana no ha hecho mucho por saciar tu hambre, así que te acercas a ver que te puedes comer. Afortunadamente los cines actualmente, ya no sólo cuentan con palomitas y refrescos, sino que tienes bastantes posibilidades a elegir entre lo que quieres comer, vamos hasta sushi encuentras en algunos de ellos. Pero nuestra economía no es tan elevada, así que nos atenemos a los clásicos, y pedimos unas palomitas y refresco.

¿Se nos hizo cara la entrada al cine? Obviamente no sabíamos lo que costaban esas palomitas viejas y el refresco sin mucho gas. 120 pesos en tu chistesito, con miedo volteas a ver cuanto vale una barra de chocolate Snickers, y cuando ves el 45 dibujado en la etiqueta de precio, prefieres mirar hacia otro lado. No quieres ni imaginarte lo que esta pagando el pobre chavo al lado de ti, quien, por quedar bien en su cita con una chava, le compró, además de su “combo pareja”, un hot-dog, unos nachos, unos chocolates, y un Ice de cereza.

Llegas a la sala y te dan tus lentes para disfrutar del 3D. Entras y descubres una escena del apocalipsis. La sala está llena, pues al parecer fuiste el último en decidir entrar, y bajo las miradas de cientos de personas, te deslizas buscando tu lugar, mientras vas pisándole los pies a todos en la fila. Llegas al fin a tu asiento, pero lo descubres ocupado, una pareja está sentada ahí y te piden que les cambies los lugares (tal vez ellos se quedaron con ese detrás de la columna), les dices que no y les pides que se retiren, lo cual hacen (a veces), no sin antes dedicarte una mirada de rencor y desprecio. Te arrepientes al poco rato de no haberles cambiado el lugar cuando llega un tipo gordo que casi se desparrama de su asiento y se sienta a tu lado, dejándote en una posición en que no te puedes acomodar.

Después de que casi te dejen sordo en lo que acaban de ajustar el sonido, empiezan los comerciales (porque claro antes sólo había trailers, pero ahora ya ponen hasta anuncios políticos) y descubres que es casi imposible usar los lentes 3D y usar tus lentes, así que haciendo malabares consigues por fin acomodarlos de una forma incomoda encimados unos con otros. Tratas de poner tu refresco y palomitas en tu regazo, porque no te dejaron ninguna recargadera libre tus compañeros de al lado (el gordo más bien porque la tapa con la panza que se desborda). Ignoras esto y comienzas a comer unas cuantas palomas. Terminan por fin los trailers y comerciales, y comienza tu película después de casi media hora, y descubres con horror que ya te quedan la mitad de tus palomitas grandes y casi nada de refresco.

Nunca falta la persona que buscando más comodidad, se le ocurre que es una buena idea el subir sus pies al asiento de enfrente, el cual desafortunadamente es el tuyo. Y así comienza el martirio de que te estén pateando la cabeza una y otra vez, o moviendo tu asiento, y de que se molesten cuando les pidas que bajen los pies, tan solo para volverlos a subir momentos después.

Un grupo de chavos que probablemente van en prepa (pero viéndoles la cara tu juras que a lo mucho llegan a primero de secundaria), deciden que la película está muy aburrida así que se ponen a platicar, como el sonido es fuerte, obviamente ellos tienen que hablar más fuerte para hacerse escuchar, es así como te terminas enterando de que al parecer saliendo del cine va a haber peda en casa de uno de ellos, mientras que en la parejita que siempre viene incluida en el pack, el chavo esta a punto de hacerse un análisis ginecologico a quien quieres creer es su novia.

Tu amigo el gordo de al lado, decidió que era buena idea contarle a quien sea lo que acompañe, todo lo que hay que saber sobre la película, y con un conocimiento que asombraría a críticos y cinefilos por igual (sobretodo por lo equivocado de este) comienza a poner al corriente a su acompañante. A tu lado suena un celular, los “shhhhh” inundan la sala, y con un “Estoy en el cine, ¿qué paso?”, comienza una nueva conversación sumada a las que ya hay. Afortunadamente decidiste ver la película con subtitulos, sino no hubieras sabido de que trató.

Hora y media después, termina la película. Comienzan las personas a desalojar la sala, mientras la chava frente tuyo se acomoda la blusa y el brasier, pues los sorprendió la luz a ella y su novio. Poco a poco se va todo el mundo y por sobretodo agradeces que se haya ido el tipo que tenía los pies recargados en tu asiento. Buscas en donde poner tu bote de palomitas frías (pues después de acabarse el refresco ya no eran tan apetitosas) y estirarte un poco. Te esperas en tu asiento, pues sabes de buena fuente que pasa algo después de los créditos, mientras un par de empleados se te quedan mirando con cara de: “Ya vete a tu puta casa para que podamos empezar a limpiar”.

Sales por fin de la sala de cine, un trabajador te exige los lentes 3D y tú casi le das los tuyos de pasada, estás lleno de restos de palomitas en la camisa y con la vejiga a punto de explotar. Camino al baño ves de nuevo al chavo que compro media dulcería para la chava que iba con él, la va siguiendo hablándole sin muchos resultados, mientras ella se va con cara molesta.

Es de esta forma que bajo las protestas de que la piratería esta acabando con el negocio, vuelvo a hacer la misma pregunta:

¿Vale la pena ir al cine a ver una película?

La respuesta es un tal vez. Depende más bien de la película que vayamos a ver, algunas valen mucho la pena. Yo, personalmente disfruto mucho más en una sala oscura, como he dicho antes. Por eso antes de poner una película apago la luz de mi sala.

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Vivimos en una sociedad ingrata. Contrata a una serie de personas con el objeto de que cuiden de la aplicación  de leyes inoperantes y defiendan instituciones antediluvianas,  les entrega armas y les pone trabas para usarlas, les confiere autoridad y les exige que se porten como caballeros, las pone en tentación y las acusa de soborno.

Este homenaje está escrito para compensar  aunque sea en parte, las injusticias que la opinión pública comete a diario contra los guardianes del orden público.

Para empezar, quiero subrayar el hecho bien conocido de que en nuestra sociedad siempre se ha visto a la policía con malos ojos. El mexicano nace, crece y se desarrolla en un ambiente de desconfianza hacia la policía. Prueba de esto son los motes despectivos con que siempre se ha denominado a los guardianes del orden: “los azules”, “los tecolotes”, “los tamarindos”, “muelas”, etc. Nadie tiene una palabra de aliento para ellos. Nunca he oído decir, por ejemplo, “¡arriba muelas!”, o “¡bravo, tamarindo, tú eres mi gallo!”. Nadie los invita a una fiesta divertida, sino cuando ésta ya se echó a perder y hay sangre. La posición social del policía es semejante a la de los operadores de proyectores de películas -cácaros, por mal nombre- a quienes el público no recuerda más que en momentos de desastre y para insultarlos. Nunca he visto que la gente aplauda porque la película no se cortó. Lo mismo les pasa a los policías. Nadie se acuerda de ellos cuando la ley no se violó.

Que cuatro agentes mataron a un ladrón y se llevaron el botín, que un policía le dio un balazo a una niña, que otro se desnudó en el interior de un banco y obligó a los clientes, a punta de pistola, a presenciar su deshabillé. Es lo único que oímos. Nadie se acuerda de los diez mil agentes que todos los días cumplen con su deber.

A uno de ellos lo tengo enfrente todos los días. Es un modesto policía auxiliar. Usa un bigotito muy bien recortado, cabello lustroso, uniforme impecable y fornitura de general. Su misión es importantísima: tiene por obligación cuidar que se respete el bien más preciado de la comunidad que lo ha contratado: el derecho de estacionamiento. Su actividad es agotadora. Está en la puerta de un multifamiliar y tiene que vigilar que los coches que lleguen  tengan una calcomanía especial. Cuando este requisito se cumple, tiene que quitar una cadenita, dejar pasar al coche, y volver a poner la cadenita en un gancho. Cuando uno de los de adentro quiere salir, misma operación a la inversa. Es un trabajo pesado. Significa pasarse el día sentado en un banquito, escupiendo y oyendo canciones rancheras en la radio portátil. Por la noche, viene su relevo, que descuelga la cadenita y se duerme hasta el día siguiente.

La labor de estos hombres es limitada, pero tiene un valor inapreciable. Requiere mucha atención. El policía a que me refiero cumple con sus obligaciones al pie de la letra. Que viene una tolvanera y la basura se riega por todo el patio, ¿ustedes creen que el policía va a abandonar su puesto, coger una escoba y ponerse a barrer? Nada de eso. Sigue sentado en su banco, escupiendo. ¿Que llega el camión de la basura y faltan brazos para vaciar los botes? El policía sigue en su puesto. ¿Que unos barbajanes tumban un árbol enfrente al condominio y en las narices del policía? Este sigue en su puesto. ¿Que una señora es asaltada y violada enfrente al condominio? El policía sigue en su puesto. Pero es humano. Más tarde la interroga, le pide detalles y hace comentarios.

Estoy seguro que no hay día que no esté lleno de ejemplos, como éste, de policías que cumplen con su deber. Pero nadie se acuerda de ellos.

En cambio, todo el mundo habla de los casos en que el organismo judicial falla. Por ejemplo: hace varios meses los agentes judiciales invadieron casas vecinas a la mía e hicieron varias aprehensiones. Uno de los aprehendidos era un barbón. El vecindario echó pestes: “entraron sin orden judicial”; “se lo llevaron por hippie”, etc.

Nada más equivocado. En primer lugar, se trataba de dos peligrosos contrabandistas que tenían su guarida en una de las casas invadidas. A uno de ellos lo encontraron con las manos en la masa -es decir, en el whisky-  y se lo llevaron inmediatamente. Varios agentes se quedaron en el vecindario en espera del segundo contrabandista. ¿Y qué ven venir? A un alemán también barbón, que acababa de salir de Guatemala porque allí no hay seguridad. Lo vieron entrar, no en la casa de los contrabandistas, sino en la de junto. “Este es nuestro hombre”, dijeron. Forzaron la puerta y lo encontraron tirado en un petate escuchando Mozart. Lo sacaron a rastras, le vendaron los ojos, y lo llevaron a dar vueltas en una camioneta, mientras lo interrogaban, picándole las costillas con una pistola. Ni el alemán entendía lo que ellos le preguntaban, ni ellos lo que él les respondía. Esto es muy natural, porque no puede exigir uno que cada policía sea un lingüista consumado. La prueba de que los agentes no tenían malas intenciones es que no lastimaron al alemán. Se concretaron a quitarle su dinero y el aparato de radio en el que había estado escuchando Mozart. La murmuración pública fue completamente injustificada. Después de todo, la victima era un alemán barbón. ¿Quién le manda venir a México? Y si no le gusta, pues que se vaya.

I

El primer Orestes de que tuve noticia se apellidaba Cendrero y era autor de un libro elemental de anatomía que en mis tiempos se estudiaba en tercero de secundaria. Desde el momento en que vi la portada me pareció extraño y un poco ridículo que a alguien se le hubiera ocurrido ponerle a su hijo Orestes, pero en mi ignorancia juvenil, no comprendí las implicaciones que el nombre tenía consigo.

Tuvieron que pasar muchos años y yo llegar a aprendiz de dramaturgo para enterarme de quién había sido el primer Orestes, de los trabajos que había pasado y de la inconveniencia de bautizar a nadie con ese nombre. La situación quedó perfectamente clara para mí la noche que asistí a la representación de El luto le sienta a Electra, en la que, como es de rigor en todas las obras derivadas de  la Orestiada, el padre engaña a la madre, la madre mata al padre, y el hijo, inspirado por la hermana, mata a la madre y después vive infeliz el resto de su vida. Esta obra, que es de O’Neill, se desarrolla en Estados Unidos y los dos hermanos se llaman Orrin y Livie, pero el traductor mexicano, con el objeto de aumentar el dramatismo y ponerla al alcance de personas de poca imaginación, cambió los nombres de los personajes y los llamó igual que los modelos originales, Orestes y Electra.

Al terminar la función María Luisa Algarra resumió la impresión que le había dejado la obra con las siguientes palabras:

-Bueno , si alguien le pone a su hijo Orestes y a su hija Electra, ya sabe lo que le espera.

Antiguamente había la costumbre piadosa de dejar la elección de los nombres de los recién nacidos a la Providencia y bautizaros con el nombre del santo cuya fiesta se celebraba el día de su nacimiento. Esta práctica tenía por consecuencia que hubiera personas que se llamaran Blandina (dos de junio), Celiflora (cinco de enero), Aristarco, Sofonías, Sisenando, Floro, Focas, Fotina, la samaritana y sus hijos, mártires, (20 de marzo), etcétera. (Datos tomados del Más Antiguo Galván).

Es claro que semejantes resultados estaban destinados a dar al traste con la costumbre, porque los amorosos padres no estaban dispuestos a soltar al hijo en el mar proceloso de la vida con un nombre como Foca a cuestas, o a una hija con el de Blandina. Tomaron el asunto en sus manos y lo resolvieron como Dios les dio entender. Con muy poca imaginación, desde luego.

Durante un tiempo se bautizó a los niños con los nombres de los santos o las vírgenes más populares. Esto redujo la nomenclatura notablemente. Proliferaron nombres como el de Carmen, Juan y José, y en las fechas de estás fiestas aumentaros de manera alarmante los accidentes por exceso de velocidad, los navajazos y los gallos. Pero hay que admitir que todos vivían felices con nombres que se perdían en el montón y que pasaban inadvertidos. Al mismo tiempo, los nombres dejaron de servir de distintivo. Yo, por ejemplo, tengo uno que no sirve para nada. Si digo por teléfono:

-Habla Jorge.

Me preguntan irremisiblemente “¿Cuál Jorge?, porque hay catorce que pudieron haber hablado.

Pero para eso sirven los apellidos y los motes. Se dan casos, por ejemplo, en el que el que llama dice:

-Habla Jorge López Bermúdez.

El que contesta cubre la bocina y anuncia:

-Te habla el Fifirafas.

Pero como nunca faltan personas ambiciosas que quieren distinguirse de alguna manera, aunque sea por los nombres de sus hijos, hay quien elige para bautizar a su familia, nombres de reyes famosos: Guillermo (el Conquistador), Alejandro (el Magno), Humberto (del Piamonte), etcétera. Pero quiere el destino, que es muy mañoso, que estos tres niños pasen por la vida y lleguen a viejos conocidos como Memo, Ale y Beto.

Hemos llegado a un punto álgido del problema. Los nombres, que al verlos escritos en el acta de nacimientos nos dan la impresión de tener una forma definitiva, son en realidad material moldeable que va tomando con el uso formas diferentes. Aunque hay algunos que tienen una trayectoria claramente previsible. Hay un 95% de probabilidades de que una María de la Concepción acabe Concha o Conchis, según su carácter  El 5% restante acaban Chonchón o Chonchona. Pero hay otros nombres que se plasman recurriendo a la participación del que los lleva. Por ejemplo. Una de esas señoras amables le pregunta a un niño que está al lado de su mamá:

-¿Cómo te llamas niño?

-Dile “Cornelio, señora” -dice la mamá, metiendo su cuchara.

-Coneyo dice el niño obedientemente.

Y Coneyo se queda y Coneyo se va a la tumba.

II

Conozco dos Américas, una Argentina, una Colombia y dos Italias. Esto sin ser gran viajero. En realidad sin necesidad de moverme de la Ciudad de México. Son mujeres que así se llaman.

El por qué les pusieron así es un misterio, pero creo que podemos suponer, sin peligro de cometer grandes injusticias, que esta clase de bautismos ocurrieron en momentos en que los padres llegaron a creer a pie juntillas que la América es una tierra nueva llena de oportunidades, o bien, tenían esperanzas de que su hija tuviera una voz admirable, estaban llenos de nostalgia por la patria lejana, o quisieron poner en evidencia, en el nombre de la hija, la ascendencia italiana de la familia. De cualquier manera, estos nombres se prestan a malas interpretaciones, como por ejemplo, la de pensar que alguien es traidor a la patria por que le vendió unos terrenos a Italia.

Estos nombres son característicos de la época en la que el hombre moderno se libero del Año Cristiano y se lanzo por caminos inexplorados en busca de nuevas emociones. Fruto de estos afanes son nombres como el de Alma (no conozco a nadie que se llame Cuerpo), Ifigenia, Conchita del Mar y Zandunga. Tienen el inconveniente de que datan a las hijas, porque ya no se usan, y de que perpetúan la emoción, generalemente pasajera, que embarga a los padres en el momento en que ocurrió el bautismo.

Entre las personas que recurren a esta clase de nombres para sus hijos es fácil discernir la mente de elevados vuelos, las buenas intenciones y el optimismo con respecto al futuro de los hijos. Prueba de esto es que hay quien se llama Libertad, pero no quien se llame Corrupción de Menores… o Histeria. “Histeria Ibargüengoitia” para servir a usted”.

Para bautizar a los niños, conviene tener en cuenta ciertas consideraciones que podríamos llama funcionales. Por ejemplo, si la familia vive en un multifamiliar y la madre tiene que llamar todas las tardes a sus hijos para que vengan a merendar desde el balcón de un tercer piso, no es conveniente que salga al crepúsculo a gritar:

-¡Panchita! -o bien: ¡Lencho!

Porque éstos son gritos de vecindad. Héctor, por ejemplo, y Fabiola, son mucho más distinguidos. Tienen, además, la ventaja de poner de manifiesto el hecho de que la familia ha leído, cuando menos, dos libros, La Iliada, y la novela del Cardenal Wiseman.

Los padres que viven atentos a los últimos adelantos de la humanidad deben pensar dos veces antes de ponerles a sus hijos Tereskova y Gagarin, por ejemplo. La niña Tereskova está condenada a ser conocida con el nombre de Teresona y además a no poderse quitar nunca la edad, porque es evidente que nació en el mismo año en que una mujer hizo el primer vuelo espacial. Por otra parte , si la familia es de multifamiliar, como la del ejemplo anterior, al primero grito de “¡Gagarin!”, mil quinientas familias cristianas los van a creer comunistas y los van a discriminar.

Otra consideración funcional es la de que, en nuestro medio, todos los nombres tienden a acabar siendo de dos silabas. Por esta razón Jorge, Sonia y Olga tienen mayor posibilidad de supervivencia que Francisco, Consuelo y Susana, que se transformaran en Paco, Chelo, y Susa respectivamente.

Los nombres de Sonia y Olga tienen el defecto, lo mismo que el de Esmeralda, de abundar entre los prófugos de la Merced, que forman una clase social muy definida, que se distingue, precisamente, por no querer parecer prófugos de la Merced.

Los nombres comunes y corrientes traducidos a idiomas extranjeros, como Frank, Elisabeth Juliette, unidos a apellidos como González, Arozamena y Sánchez, ponen de manifiesto una ignorancia total del idioma nativo, o bien, ascendencia chicana. Hay que procurar evitarlos y reconocer que ciertos apellidos no tienen compostura y no se prestan para andar luciendolos en sociedad. Si no se apellida uno Battemberg, más le vale llamarse Pedro.

La última consideración funcional, y la más importante de todas, es la de que el nombre con que bautice uno a sus hijos carece de importancia. No hay que olvidar que en México, que es un país en donde la gente se conoce más bien por sus defectos físicos que por su nombre. O, mejor dicho, en el que los defectos físicos sirven de nombre. La prueba de estos la encontramos examinando nuestro círculo de amistades. Allí encontramos al Ciego Peña, al Enano Gutiérrez, al Panzón Ribera, y al Cucho Hernández. En provincia, en donde la gente tiene más contacto con la naturaleza, encontramos al Tlacuache Méndez, al Zorrillo Mercado, al Cuervo Herrera y a la Marrana González.

Jorge Ibargüengoitia.

Todos, y eso es todos sin excepción alguna, hemos lanzado una indirecta en alguna red social. Llámese Facebook, Twitter, Tumblr, etcétera; hemos escrito ese mensaje sin destinatario aparente  pero con la esperanza que la persona a quien va dirigido lo entienda.

Sea cuando nos gusta alguien, cuando nos sentimos mal, cuando nos cae mal alguien, cuando estamos molestos; cualquier excusa es buena para poner una indirecta. Yo soy de las personas que las detestan, creo que lo mejor es decirle las cosas a las personas directamente, y aún así he escrito decenas de ellas pero ¿por qué lo hacemos?

Cuando lo hacemos es simplemente porque no podemos decir las cosas tal y como son, puede ser porque haya un “pero”, porque haya un tercero en discordia, por no arruinar una amistad, o simplemente por el miedo a ese comentario a que conllevara; pero de alguna forma necesitamos desahogarnos, decir lo que nos aqueja, y es así como nacen las indirectas.

No es raro encontrarse con ellas, de hecho creo que veo por lo menos 5 al día escritas en diversos lados. La verdad, es hasta divertido o entretenido el llenar nuestro muro de ellas. Las favoritas de todos, las frases de canciones. Esas que en el justo momento que algo te esta atormentando (digámoslo así) aparece la canción adecuada, esa canción que tiene las palabras exactas para describir como te sientes, no lo puedes evitar, tienes que poner esa frase, y lo haces.

Lo sé e insisto, es más sencillo decir las cosas como son, te ahorras mucho tiempo, pero no lo podemos evitar. Aparte del tiempo, cuantos malentendidos no se evitarían si nos dejáramos de escribir tantas indirectas.

Típico que estas en tu face, y alguien que te cae mal, y a quien tú también le caes mal escribe algo como: “Me caga esa gente que se pone te amo todo el tiempo en facebook”. Y te das cuenta que tu eres de esas personas, no puedes evitar pensar que lo dijo por ti, es más, estás seguro que lo dijo por ti, y piensas en alguna forma de contestarle pero sin verte ardido, lo que genera una nueva indirecta. Es un círculo vicioso.

Y es que no se por qué, pero todo el mundo piensa que tus indirectas son para ellos, menos la persona a quien en verdad va dirigida. Como cuando escribes en tu estado en Facebook: “Yo te quiero a ti, yo no quiero a nadie más, porque eres tú la que me hace suspirar, la dueña de mi amor y todo mi corazón, la única que yo quiero con loca pasión”, tus amigos que ya saben que onda con tu vida llenan ese estado de comentarios como “Ya dile wey”, “Suerte”, “Pronto se dará cuenta”; y justo la persona por quien pusiste ese estado llega y te pone: “A mi también me encanta esa canción, adoro a Juanes”, y así toda tu esperanza se te derrumba. Que insisto con decir las cosas directamente se arregla todo, pero no nos atrevemos a hacerlo.

Pero lo más raro, son aquellas personas que mantienen conversaciones con indirectas, osea eso en verdad no me lo explico. De pronto alguien pone “No sé por que sigo esperándote si sé que no harás nada.” y  de pronto alguien contesta (porque sabes que es contestación): “La paciencia siempre es bien recompensada.”, el autor de la primer indirecta escribe casi instantáneamente “Si no hace nada para conquistarte no vale la pena.” y quien escribió la contestación vuelve a responder “Si fueras hombre de una sola mujer, yo sí haría algo.”. Y de esta forma se lleva a cabo una conversación que dura horas, sin que ninguna de las dos personas se digan directamente lo que pasa, aunque sepan que es para ellas y se contesten a cada rato.

No podemos evitar el decir indirectas, pero no cabe duda que muchas cosas serían más sencillas, si estás no existieran.  ¿No lo creen?

Los hombres somos expertos en equivocarnos. Quien sabe por qué, pero siempre hacemos todas las cosas justo como no se deben hacer con las mujeres. No importa si es la primera vez, o si es la numero treinta que sales con ella, solemos hacer o equivocarnos en las mismas cosas.
Por eso el día de hoy aquí en Fukiu, mencionaremos los 20 errores más comunes que hacen que ellas quieran asesinarnos, con la esperanza de que de esta manera podamos evitar el cometerlos más fácilmente.
  1. Nunca te burles de ella. Ya sea de su cara, cuerpo, ropa, lo que sea, no importa si es en broma o no, las mujeres no olvidan, tal ves se haya reído con tu comentario gracioso sobre como se ve un poco gordita, pero por dentro te esta asesinando, y eso nunca te lo perdonara.
  2. No uses demasiado sarcasmo. Es precioso el sarcasmo, lo adoro, me encanta ser sarcástico, pero hay lugares y momentos adecuados, de entrada nunca uses sarcasmo en el internet, no importa lo tentador que sea el dar una respuesta así, el internet no tiene forma de darle la entonación adecuada a lo que querías decir y se puede malinterpretar, de esta forma tu comentario “sí claro, ella se ve mucho mejor que tú”, que en tu mente sonaba tan gracioso, se puede pensar que lo dices en serio.
  3. No coquetees con nadie más. ¿Piensas que tú pareja no se da cuenta? Hace que no se da cuenta, tan sólo lo esta guardando y lo va a usar en tu contra cuando menos te lo esperes. Además siempre es peor el verlas a ellas coquetear, porque a ellas si les hacen caso.
  4. Nunca le pongas el cuerno. No importa lo bien que según tú lo hayas hecho, siempre siempre se van a enterar, no importa dónde demonios te vayas a esconder, siempre habrá por lo menos un idiota que los vio y que va a ir con el chisme, así que cuidado. Sobretodo si te perdona, si te perdona una infidelidad estas jodido, es algo así como darle un pase libre a ella para que te ponga el cuerno también, y tú no puedes decir nada, no sabes cuando lo va a usar, o si lo va a usar en absoluto, y esa espera puede ser mortal.
  5. No hagas promesas que no puedes cumplir. Ella nunca las va a olvidar, puedes haber dicho algo durante el partidos de las Chivas que tú no recuerdas, pero eso no quiere decir que ella no lo recuerde, ten mucho cuidado. Piensa lo que dices antes de decirlo, así te puedes ahorrar muchas discusiones sin sentido.
  6. Nunca le digas “Te Amo” si no lo sientes. Esto simplemente no se debe hacer, no hay más, si no lo sientes no lo digas y punto.
  7. No mientas. Los hombres somos estúpidos mintiendo, no sabemos mantener las mentiras, tal vez tú crees que sí, pero en realidad eres más transparente que un cristal. Y recuerda, que los hombres tal vez mentimos más, pero las mujeres mienten mejor. Tu mentira puede ser del tipo, “Hoy me quede en la casa, no salí a ningún lado”; la de ella “Estoy embarazada y es tuyo”. Cuidado.
  8. Negar cosas que son ciertas. Al igual que lo anterior, ellas siempre saben, si te están diciendo es porque saben que es verdad, tan sólo les hace falta la confesión, pero pruebas ten por seguro que les sobran.
  9. No la presiones. Si quiere hacer algo o tener algo contigo, lo tendrá, no tienes porque asfixiarla. Lo único que vas a ocasionar es que te termine odiando.
  10. No te pongas a hablar sobre otras mujeres. ¿Te gusta escuchar como te dice que Ryan Gosling esta guapísimo? A ella tampoco le gusta saber eso de Megan Fox. Si bien tú puedes terminar admitiendo que el tipo es algo galán, ella no lo va a admitir jamás, sobretodo si le hablas de alguien a quien ella conoce, y el decirlo eso es prácticamente firmar tu sentencia de muerte.
  11. No les hables de tus ex. Al igual que el caso anterior no les gusta saber de eso tanto como a nosotros, además si dices todas las cosas buenas que hiciste por ella, puedes hacerlas pensar que aún te interesa, y si hablas mal, las haces creer que les puedes hacer lo mismo a ellas y no vales la pena, así que mejor evítalo.
  12. Decir algo de ella a sus espaldas. Sea bueno o malo, tal vez no te guste mucho algún detalle de ella, eso es normal, no hay nadie que adore todo lo que su pareja hace, pero nunca se lo digas a nadie, no importa lo secreto que creas que ha sido, ella siempre, siempre se enterara.
  13. Comportarte mamón frente a sus o tus amigos. Tal vez creas que te ves muy bien haciéndolo, tal vez sólo es en broma, pero todos sabemos quien lleva los pantalones en la relación en realidad, y cuando estén solos te hará para, créeme que te hará pagar.
  14. Decir que algo fue su culpa. No importa si fue su culpa o no, nunca le puedes decir eso. Es imposible ganar en una discusión con una mujer, los hombres somos discapacitados en cuanto a discusiones se refiere, porque siempre tratamos de tener sentido… Es imposible ganar una discusión con ellas, ríndete y ahórrate aún más castigo.
  15. No le preguntes si esta enojada contigo o por qué. Di que la regaste y discúlpate, no importa el por qué, no digas que no hiciste nada malo, sólo dí que lo sientes. Si está enojada es obviamente porque hiciste algo.
  16. Nunca bromees sobre cortar. No va a pensar que es broma, y antes de que te des cuenta de que paso, estarás soltero.
  17. No le digas que esta exagerando. ¿Creías que estaba enojada antes? Espera para conocer la nueva versión que haría parecer a Hulk como un hombre tranquilo.
  18. Ir a fiestas con mujeres sin decirle. No importa que tú no hagas nada, no importa que te hayas quedado sentado en un rincón tomando agua, ella siempre imaginara que estuviste conquistando a mil zorras.
  19. No pongas excusas. Si la regaste, admítelo, es peor el poner excusas pues somos malos para ello, nuestras excusas siempre son absurdas, y lo único que conseguirás es volver todo peor.
  20. Hablarle cuando estás enojado. La vas a cagar, créeme, la vas a cagar, y todo se va a ir al nabo, y de ser tú el enojado, serás el que termine pidiendo disculpas.

¿De qué depende el éxito de una relación? Algunos dicen que el chiste es que a ambos les gusten las mismas cosas; otros dicen que es mejor que ambos odien las mismas cosas; otros más, que tengas gustos opuestos. Me agrada más la segunda opción, eso de pasar horas y horas mentando madres sobre “x” o “y” tema es muy entretenido, y por más que insistas en lo mismo, tardas mucho en aburrirte.

Pero no importa lo que digan, no hay una receta infalible para hacer funcionar una relación. Algunas parece que van perfectamente mientras lentamente se desploman, otras que parecen condenadas al fracaso, triunfan pese a todas las espectativas.

Nunca falta el día que tu estás con tu novia y otra pareja de amigos los invita a salir juntos, tú con tu relación que tiene sus problemas, y de pronto estás frente a una pareja que en verdad se quiere, una de esas parejas que terminan las frases el uno del otro, que se escuchan, que no discuten, que no tienen problemas; y tu te dices, “carajo, ¿dónde diablos consigo una relación así?”, y no es que la tuya sea mala, pero es que comparada con la de ellos que luce perfecta, sientes la tuya como la peor del mundo. Y sin embargo al poco tiempo te enteras que cortaron, mientras que tú aún sigues en tu relación, así que supones que en realidad no era tan buena la suya.

No es tanto así, sino que simplemente no hay una receta perfecta para las relaciones, lo que a uno le funciona, al otro puede que no. Yo por ejemplo cuando tengo novia no suelo tener problemas con ellas, contadas son las discusiones que tenemos, y generalmente se resuelven luego luego, y sin embargo no funcionan mis relaciones y terminan pronto. Una prima me dice que es precisamente por eso, que el hecho de no pelearnos es lo que vuelve aburrida la relación, dice ella que las peleas y discusiones son las que le dan sazón al noviazgo. Personalmente se me hace una tontería todo eso, pero creo que tiene razón.

¿Pero por qué necesitas de peleas para darle sazón? Porque en algún momento, no importa quien sea la persona, ya escuchaste todo lo que el/ella tiene que decir. No quiero decir que ya la conozcas a la perfección y sepas todo de ella, sino que ya no tienes nada nuevo de que hablar. Te dice “recuerdas aquella vez….” y tú así de claro que recuerdo; —te conté cuando… —sí ya me contaste. Y es entonces cuando te quedas callado, y eso no puede ser, no debes pasarte mucho tiempo sin decir nada, puedes, no debes. Hay que llenar ese silencio, algunos optamos por llenarlo besando a nuestra pareja, otros optan por comenzar a discutir con ella.

No se porque, pero así es, y de esta forma regresamos a lo anterior, tú con tu relación que tiene sus altibajos, sus días buenos y muchos días malos, pero todo eso, todo eso, es lo que la hace funcionar. Eso ayuda, no cabe duda, pero no hay nada infalible. Las relaciones son tan extrañas como las personas que las integran, a veces incluso más.

Hay relaciones en que ambos saben sus más asquerosas costumbres, y se adoran por ellas, esas parejas que cuando uno de ellos suelta un gas, el otro le hace coro con su cuerpo; otras que mantienen cierta distancia y se muestran hasta alejados el uno del otro, mientras que son las personas más unidas que existe.

A lo que quiero llegar con todo esto es nuevamente a decir: no hay una receta infalible para hacer funcionar una relación. Las relaciones no las tenemos que intentar hacer funcionar, las relaciones funcionan o no, y punto. No hay que aferrarse a ellas, no hay que intentar lo imposible porque sean perfectas. Las relaciones perfectas no existen, debemos de dejar que sean como tengan que ser, tal vez el discutir te funcione, tal vez no; tal vez el llenar los silencios con besos, tal vez llenarlos con gases. No hay que estrenarse por que funcione, si son compatibles encontraran la forma de que lo haga y punto. Si una relación hoy no sirvió para nada, eso no quiere decir que la próxima sera igual.

¿De qué depende el éxito de una relación? De nada y de todo, tan sólo hay que dejar que siga su propio cause y ver a donde nos lleva.

Hasta el día de hoy, no he conocido a una mujer que no se obsesione con su peso. Algunas en mayor, otras en menor medida; algunas lo niegan, otras lo admiten; pero todas se preocupan por su peso.

Es típico que estas con una amiga/novia/compañera/conocida y de pronto y muchas veces de la nada se quejan que están gordas. A veces mi favorita es que estas jugando con ellas y le tocas el abdomen y su típica frase de, “no, deja mi lonja, es que estoy bien gorda”. Tu te quedas con tu cara de “WTF?” la ves delgada con su súper cuerpo, ¿cómo diablos podría decir que esta gorda? Pero lo dicen misteriosamente, es más, así lo creen en realidad. No importa el cuerpazo que tenga una chava, siempre, siempre dirá que tiene lonja o que esta gorda, siempre se imaginan como la mujer que adorna estos párrafos a la derecha. Es más recuerdo a una amiga de la preparatoria, ella literalmente tenia cuadros en su abdomen, estaba súper marcada, pero ella juraba que tenía lonja.

Desafortunadamente esto se debe en gran parte a la imagen que los medios nos quieren vender sobre la belleza femenina (también la masculina, pero eso no interesa en este momento). Puedo dedicar un post completo a como los medios influyen en nuestra percepción de las cosas, pero centrémonos hoy solamente en el peso de las mujeres.

Las artistas/modelos en televisión muchas veces rayan casi en la anorexia, pero son elogiadas por su belleza, pueden tener rostros preciosos, pero cuerpos que fácilmente podrías confundir con esqueletos, no es que este mal ser delgada, es que hay límites. Esa adulación a este tipo de mujeres ocasiona que muchas de ellas crean que así es como todo el mundo quiere que estén.

El ir a una tienda departamental no las ayuda. He acompañado por ejemplo a una prima a comprarse ropa, y siempre le pasa que nunca tienen de su talla, es rarisimo que algo que le guste lo encuentre en un tamaño adecuado para ella; no es que mi prima sea gorda o algo así, en absoluto, de hecho ella creo que tiene un buen cuerpo, pero ese es el problema, ese tipo de ropa no se diseña para mujeres con buen cuerpo, sino para mujeres muy delgadas. Nuevamente todo esto las termina afectando, mi prima siendo de esas que dicen que deben de bajar de peso porque nada les queda.

Durante los años 40s y 50s me parece, estaba en pleno apogeo las “Pin-up Girls”, esos posters de mujeres posando en “ropa interior” y trajes de baño. Mujeres que si nos damos cuenta, no son delgadas, son voluptuosas, con bonitos cuerpos. ¿En dónde se perdió el camino? ¿En qué momento decidimos que eso ya no era atractivo?

No puedo hablar por todos los hombres, pero yo en lo personal prefiero a una mujer voluptuosa sobre una delgada, digo no tengo en contra de las delgadas, de hecho hay muchas preciosas, pero una cosa es estar delgada y otra parecer que te vas a romper; y aún así me gusta más una mujer que tenga curvas, que se vea bien y tenga un excelente cuerpo, dijera un amigo que tenga yo de donde agarrarme.

Obviamente hay limites, tanto como para un lado, como para el otro, pero la gran mayoría de las mujeres están medio. Yo no le pido a mi pareja que tenga un cuerpo de modelo (definitivamente no), o que no tenga ni un gramo de grasa, es común tener una llantita, diablos yo estoy flaco y aún así se me hace una llanta. Eso no tiene nada que ver, es más ni siquiera se trata de tener el súper cuerpazo, se trata de su actitud.

Pueden ser altas, bajas, delgadas, gorditas, pero el chiste es su actitud, que estén seguras de sí mismas, que aprecien lo que tienen y lo exploten en su beneficio. Eso es lo atractivo, no porque se les haga una pequeña llanta en el abdomen van a dejar de usar un bikini en la playa ¿o sí? Si su respuesta es afirmativa ahí esta el error, la opinión de los medios o de otras personas sobre lo que se considera atractivo no debe pesar en ustedes, la unica opinión que importa es la suya y la de nadie más.

Dejen de quejarse por un par de libras de más en su cuerpo, no hay necesidad de mentir sobre su peso, o de matarse con mil y un dietas para bajar un poco. Apréciense tal y como son, con sus curvas donde están, dejen a las modelos esqueléticas en paz, y mejor busquen a otras “modelos” a seguir.

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