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Cuentos

Hoy a propósito del aniversario de la Revolución Mexicana, me propuse el hacer un post sobre la misma. Después de mucho batallar intentando pensar en un buen tema, finalmente se me ocurrió que una buena idea sería publicar alguna historia sobre la revolución, y que mejor que publicar una de alguien que la vivió de primera mano, como lo fue el escritor Martín Luis Guzmán, y relatada en su excelente libro: “El Águila y la Serpiente”. Sin más preámbulos, los dejo con esta excelente historia.

La Fiesta de las Balas.

Atento cuanto se decía de Villa y el villismo, y a cuanto veía a mi alrededor, a menudo me preguntaba en Ciudad Juárez qué hazañas serían las que pintaban más a fondo a la División del Norte: si las que se suponían estrictamente históricas, o las que se calificaban de legendarias; si las que contaban como algo visto dentro de la más escueta exactitud, o las que traían ya, con el toque de la exaltación poética, la revelación tangible de las esencias. Y siempre eran las proezas de este segundo orden las que se me antojaban más verídicas, las que, a mis ojos, eran más dignas de hacer historia.

Porque ¿dónde hallar, pongo por caso, mejor pintura de Rodolfo Fierro – y Fierro y el villismo eran espejos contrapuestos, modos de ser que se reflejaban infinitamente uno – en otro que en el relato que ponía a aquél ante mis ojos, después de una de las últimas batallas, entregado a consumar, con fantasía tan cruel como creadora de escenas de muerte, las terribles órdenes de su jefe? Verlo así era como sentir en el alma el roce de una tremenda realidad y conservar después la huella de eso para siempre.

Aquella batalla, fecunda en todo, había terminado dejando en manos de Villa no menos de quinientos prisioneros. Villa mandó separarlos en dos grupos: de una parte, los voluntarios orozquistas a quienes llamaban “colorados”; de la otra, los federales. Y como se sentía ya bastante fuerte para actos de grandeza, resolvió hacer un escarmiento con los prisioneros del primer grupo, mientras se mostraba generoso con los del segundo. A los “colorados” se les pasaría por las armas antes de que oscureciera; a los federales se les daría a elegir entre unirse a las tropas revolucionarias o bien irse a su casa mediante la promesa de no volver a hacer armas contra la causa constitucionalista.

Fierro, como era de esperar, fue el encargado de la ejecución, a la cual dedicó, desde luego, la eficaz diligencia que tan buen camino le auguraba ya en el ánimo de Villa, o de su “jefe”, según él decía.

Declinaba la tarde. La gente revolucionaria, tras de levantar el campo, iba reconcentrándose lentamente en torno del humilde pueblecito que había sido objeto de la acción. Frío y tenaz, el viento de la llanura chihuahuense empezaba a despegar del suelo y apretaba los grupos de jinetes y de infante: unos y otros se acogían al socaire de las casas. Pero Fierro – a quien nunca detuvo nada ni nadie – no iba a rehuir un airecillo fresco que a lo sumo barruntaba la helada de la noche. Cabalgó en su caballo de anca corta, contra cuyo pelo oscuro, sucio por el polvo de la batalla, rozaba el borde del sarape gris. Iba al paso. El viento le daba de lleno en la cara, mas él no trataba de evitarlo clavando la barbilla en el pecho ni levantando los pliegues del embozo. Llevaba enhiesta la cabeza, arrogante el busto, bien puestos los pies en los estribos y elegantemente dobladas las piernas entre los arreos de campaña sujetos a los tientos de la montura. Nadie lo veía, salvo la desolación del llano y uno que otro soldado que pasaba a distancia. Pero él, acaso inconscientemente, arrendaba de modo que el animal hiciera piernas como para lucirse en un paseo. Fierro estaba contento: lo embargaba el placer de la victoria – de la victoria, en que nunca creía hasta no consumarse la derrota completa del enemigo  -, y su alegría interior le afloraba en sensaciones físicas que tornaban grato el hostigo del viento y el andar del caballo después de quince horas de no apearse. Sentía como caricia la luz del sol – sol un tanto desvaído, sol prematuramente envuelto en fulgores de incendio.

Llegó al corral donde tenía encerrados, como rebaño de reses, a los trescientos prisioneros “colorados” condenados a morir, y se detuvo un instante a mirar por sobre las tablas de la cerca. Por su aspecto, aquellos trescientos huertistas hubieran podido pasar por otros tantos revolucionarios. Eran de la fina raza de Chihuahua: altos los cuerpos, sobrias las carnes, robustos los cuellos, bien conformados los hombros sobre espaldas vigorosas y flexibles. Fierro consideró de una ojeada el pequeño ejército preso, lo apreció en su valor guerrero – y en su valor- y sintió una rara pulsación, un estremecimiento que le bajaba desde el corazón, o desde la frente, hasta el índice de la mano derecha. Sin quererlo, la palma de esa mano fue a posarse en las cachas de la pistola. Read More

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Vivimos en una sociedad ingrata. Contrata a una serie de personas con el objeto de que cuiden de la aplicación  de leyes inoperantes y defiendan instituciones antediluvianas,  les entrega armas y les pone trabas para usarlas, les confiere autoridad y les exige que se porten como caballeros, las pone en tentación y las acusa de soborno.

Este homenaje está escrito para compensar  aunque sea en parte, las injusticias que la opinión pública comete a diario contra los guardianes del orden público.

Para empezar, quiero subrayar el hecho bien conocido de que en nuestra sociedad siempre se ha visto a la policía con malos ojos. El mexicano nace, crece y se desarrolla en un ambiente de desconfianza hacia la policía. Prueba de esto son los motes despectivos con que siempre se ha denominado a los guardianes del orden: “los azules”, “los tecolotes”, “los tamarindos”, “muelas”, etc. Nadie tiene una palabra de aliento para ellos. Nunca he oído decir, por ejemplo, “¡arriba muelas!”, o “¡bravo, tamarindo, tú eres mi gallo!”. Nadie los invita a una fiesta divertida, sino cuando ésta ya se echó a perder y hay sangre. La posición social del policía es semejante a la de los operadores de proyectores de películas -cácaros, por mal nombre- a quienes el público no recuerda más que en momentos de desastre y para insultarlos. Nunca he visto que la gente aplauda porque la película no se cortó. Lo mismo les pasa a los policías. Nadie se acuerda de ellos cuando la ley no se violó.

Que cuatro agentes mataron a un ladrón y se llevaron el botín, que un policía le dio un balazo a una niña, que otro se desnudó en el interior de un banco y obligó a los clientes, a punta de pistola, a presenciar su deshabillé. Es lo único que oímos. Nadie se acuerda de los diez mil agentes que todos los días cumplen con su deber.

A uno de ellos lo tengo enfrente todos los días. Es un modesto policía auxiliar. Usa un bigotito muy bien recortado, cabello lustroso, uniforme impecable y fornitura de general. Su misión es importantísima: tiene por obligación cuidar que se respete el bien más preciado de la comunidad que lo ha contratado: el derecho de estacionamiento. Su actividad es agotadora. Está en la puerta de un multifamiliar y tiene que vigilar que los coches que lleguen  tengan una calcomanía especial. Cuando este requisito se cumple, tiene que quitar una cadenita, dejar pasar al coche, y volver a poner la cadenita en un gancho. Cuando uno de los de adentro quiere salir, misma operación a la inversa. Es un trabajo pesado. Significa pasarse el día sentado en un banquito, escupiendo y oyendo canciones rancheras en la radio portátil. Por la noche, viene su relevo, que descuelga la cadenita y se duerme hasta el día siguiente.

La labor de estos hombres es limitada, pero tiene un valor inapreciable. Requiere mucha atención. El policía a que me refiero cumple con sus obligaciones al pie de la letra. Que viene una tolvanera y la basura se riega por todo el patio, ¿ustedes creen que el policía va a abandonar su puesto, coger una escoba y ponerse a barrer? Nada de eso. Sigue sentado en su banco, escupiendo. ¿Que llega el camión de la basura y faltan brazos para vaciar los botes? El policía sigue en su puesto. ¿Que unos barbajanes tumban un árbol enfrente al condominio y en las narices del policía? Este sigue en su puesto. ¿Que una señora es asaltada y violada enfrente al condominio? El policía sigue en su puesto. Pero es humano. Más tarde la interroga, le pide detalles y hace comentarios.

Estoy seguro que no hay día que no esté lleno de ejemplos, como éste, de policías que cumplen con su deber. Pero nadie se acuerda de ellos.

En cambio, todo el mundo habla de los casos en que el organismo judicial falla. Por ejemplo: hace varios meses los agentes judiciales invadieron casas vecinas a la mía e hicieron varias aprehensiones. Uno de los aprehendidos era un barbón. El vecindario echó pestes: “entraron sin orden judicial”; “se lo llevaron por hippie”, etc.

Nada más equivocado. En primer lugar, se trataba de dos peligrosos contrabandistas que tenían su guarida en una de las casas invadidas. A uno de ellos lo encontraron con las manos en la masa -es decir, en el whisky-  y se lo llevaron inmediatamente. Varios agentes se quedaron en el vecindario en espera del segundo contrabandista. ¿Y qué ven venir? A un alemán también barbón, que acababa de salir de Guatemala porque allí no hay seguridad. Lo vieron entrar, no en la casa de los contrabandistas, sino en la de junto. “Este es nuestro hombre”, dijeron. Forzaron la puerta y lo encontraron tirado en un petate escuchando Mozart. Lo sacaron a rastras, le vendaron los ojos, y lo llevaron a dar vueltas en una camioneta, mientras lo interrogaban, picándole las costillas con una pistola. Ni el alemán entendía lo que ellos le preguntaban, ni ellos lo que él les respondía. Esto es muy natural, porque no puede exigir uno que cada policía sea un lingüista consumado. La prueba de que los agentes no tenían malas intenciones es que no lastimaron al alemán. Se concretaron a quitarle su dinero y el aparato de radio en el que había estado escuchando Mozart. La murmuración pública fue completamente injustificada. Después de todo, la victima era un alemán barbón. ¿Quién le manda venir a México? Y si no le gusta, pues que se vaya.

I

El primer Orestes de que tuve noticia se apellidaba Cendrero y era autor de un libro elemental de anatomía que en mis tiempos se estudiaba en tercero de secundaria. Desde el momento en que vi la portada me pareció extraño y un poco ridículo que a alguien se le hubiera ocurrido ponerle a su hijo Orestes, pero en mi ignorancia juvenil, no comprendí las implicaciones que el nombre tenía consigo.

Tuvieron que pasar muchos años y yo llegar a aprendiz de dramaturgo para enterarme de quién había sido el primer Orestes, de los trabajos que había pasado y de la inconveniencia de bautizar a nadie con ese nombre. La situación quedó perfectamente clara para mí la noche que asistí a la representación de El luto le sienta a Electra, en la que, como es de rigor en todas las obras derivadas de  la Orestiada, el padre engaña a la madre, la madre mata al padre, y el hijo, inspirado por la hermana, mata a la madre y después vive infeliz el resto de su vida. Esta obra, que es de O’Neill, se desarrolla en Estados Unidos y los dos hermanos se llaman Orrin y Livie, pero el traductor mexicano, con el objeto de aumentar el dramatismo y ponerla al alcance de personas de poca imaginación, cambió los nombres de los personajes y los llamó igual que los modelos originales, Orestes y Electra.

Al terminar la función María Luisa Algarra resumió la impresión que le había dejado la obra con las siguientes palabras:

-Bueno , si alguien le pone a su hijo Orestes y a su hija Electra, ya sabe lo que le espera.

Antiguamente había la costumbre piadosa de dejar la elección de los nombres de los recién nacidos a la Providencia y bautizaros con el nombre del santo cuya fiesta se celebraba el día de su nacimiento. Esta práctica tenía por consecuencia que hubiera personas que se llamaran Blandina (dos de junio), Celiflora (cinco de enero), Aristarco, Sofonías, Sisenando, Floro, Focas, Fotina, la samaritana y sus hijos, mártires, (20 de marzo), etcétera. (Datos tomados del Más Antiguo Galván).

Es claro que semejantes resultados estaban destinados a dar al traste con la costumbre, porque los amorosos padres no estaban dispuestos a soltar al hijo en el mar proceloso de la vida con un nombre como Foca a cuestas, o a una hija con el de Blandina. Tomaron el asunto en sus manos y lo resolvieron como Dios les dio entender. Con muy poca imaginación, desde luego.

Durante un tiempo se bautizó a los niños con los nombres de los santos o las vírgenes más populares. Esto redujo la nomenclatura notablemente. Proliferaron nombres como el de Carmen, Juan y José, y en las fechas de estás fiestas aumentaros de manera alarmante los accidentes por exceso de velocidad, los navajazos y los gallos. Pero hay que admitir que todos vivían felices con nombres que se perdían en el montón y que pasaban inadvertidos. Al mismo tiempo, los nombres dejaron de servir de distintivo. Yo, por ejemplo, tengo uno que no sirve para nada. Si digo por teléfono:

-Habla Jorge.

Me preguntan irremisiblemente “¿Cuál Jorge?, porque hay catorce que pudieron haber hablado.

Pero para eso sirven los apellidos y los motes. Se dan casos, por ejemplo, en el que el que llama dice:

-Habla Jorge López Bermúdez.

El que contesta cubre la bocina y anuncia:

-Te habla el Fifirafas.

Pero como nunca faltan personas ambiciosas que quieren distinguirse de alguna manera, aunque sea por los nombres de sus hijos, hay quien elige para bautizar a su familia, nombres de reyes famosos: Guillermo (el Conquistador), Alejandro (el Magno), Humberto (del Piamonte), etcétera. Pero quiere el destino, que es muy mañoso, que estos tres niños pasen por la vida y lleguen a viejos conocidos como Memo, Ale y Beto.

Hemos llegado a un punto álgido del problema. Los nombres, que al verlos escritos en el acta de nacimientos nos dan la impresión de tener una forma definitiva, son en realidad material moldeable que va tomando con el uso formas diferentes. Aunque hay algunos que tienen una trayectoria claramente previsible. Hay un 95% de probabilidades de que una María de la Concepción acabe Concha o Conchis, según su carácter  El 5% restante acaban Chonchón o Chonchona. Pero hay otros nombres que se plasman recurriendo a la participación del que los lleva. Por ejemplo. Una de esas señoras amables le pregunta a un niño que está al lado de su mamá:

-¿Cómo te llamas niño?

-Dile “Cornelio, señora” -dice la mamá, metiendo su cuchara.

-Coneyo dice el niño obedientemente.

Y Coneyo se queda y Coneyo se va a la tumba.

II

Conozco dos Américas, una Argentina, una Colombia y dos Italias. Esto sin ser gran viajero. En realidad sin necesidad de moverme de la Ciudad de México. Son mujeres que así se llaman.

El por qué les pusieron así es un misterio, pero creo que podemos suponer, sin peligro de cometer grandes injusticias, que esta clase de bautismos ocurrieron en momentos en que los padres llegaron a creer a pie juntillas que la América es una tierra nueva llena de oportunidades, o bien, tenían esperanzas de que su hija tuviera una voz admirable, estaban llenos de nostalgia por la patria lejana, o quisieron poner en evidencia, en el nombre de la hija, la ascendencia italiana de la familia. De cualquier manera, estos nombres se prestan a malas interpretaciones, como por ejemplo, la de pensar que alguien es traidor a la patria por que le vendió unos terrenos a Italia.

Estos nombres son característicos de la época en la que el hombre moderno se libero del Año Cristiano y se lanzo por caminos inexplorados en busca de nuevas emociones. Fruto de estos afanes son nombres como el de Alma (no conozco a nadie que se llame Cuerpo), Ifigenia, Conchita del Mar y Zandunga. Tienen el inconveniente de que datan a las hijas, porque ya no se usan, y de que perpetúan la emoción, generalemente pasajera, que embarga a los padres en el momento en que ocurrió el bautismo.

Entre las personas que recurren a esta clase de nombres para sus hijos es fácil discernir la mente de elevados vuelos, las buenas intenciones y el optimismo con respecto al futuro de los hijos. Prueba de esto es que hay quien se llama Libertad, pero no quien se llame Corrupción de Menores… o Histeria. “Histeria Ibargüengoitia” para servir a usted”.

Para bautizar a los niños, conviene tener en cuenta ciertas consideraciones que podríamos llama funcionales. Por ejemplo, si la familia vive en un multifamiliar y la madre tiene que llamar todas las tardes a sus hijos para que vengan a merendar desde el balcón de un tercer piso, no es conveniente que salga al crepúsculo a gritar:

-¡Panchita! -o bien: ¡Lencho!

Porque éstos son gritos de vecindad. Héctor, por ejemplo, y Fabiola, son mucho más distinguidos. Tienen, además, la ventaja de poner de manifiesto el hecho de que la familia ha leído, cuando menos, dos libros, La Iliada, y la novela del Cardenal Wiseman.

Los padres que viven atentos a los últimos adelantos de la humanidad deben pensar dos veces antes de ponerles a sus hijos Tereskova y Gagarin, por ejemplo. La niña Tereskova está condenada a ser conocida con el nombre de Teresona y además a no poderse quitar nunca la edad, porque es evidente que nació en el mismo año en que una mujer hizo el primer vuelo espacial. Por otra parte , si la familia es de multifamiliar, como la del ejemplo anterior, al primero grito de “¡Gagarin!”, mil quinientas familias cristianas los van a creer comunistas y los van a discriminar.

Otra consideración funcional es la de que, en nuestro medio, todos los nombres tienden a acabar siendo de dos silabas. Por esta razón Jorge, Sonia y Olga tienen mayor posibilidad de supervivencia que Francisco, Consuelo y Susana, que se transformaran en Paco, Chelo, y Susa respectivamente.

Los nombres de Sonia y Olga tienen el defecto, lo mismo que el de Esmeralda, de abundar entre los prófugos de la Merced, que forman una clase social muy definida, que se distingue, precisamente, por no querer parecer prófugos de la Merced.

Los nombres comunes y corrientes traducidos a idiomas extranjeros, como Frank, Elisabeth Juliette, unidos a apellidos como González, Arozamena y Sánchez, ponen de manifiesto una ignorancia total del idioma nativo, o bien, ascendencia chicana. Hay que procurar evitarlos y reconocer que ciertos apellidos no tienen compostura y no se prestan para andar luciendolos en sociedad. Si no se apellida uno Battemberg, más le vale llamarse Pedro.

La última consideración funcional, y la más importante de todas, es la de que el nombre con que bautice uno a sus hijos carece de importancia. No hay que olvidar que en México, que es un país en donde la gente se conoce más bien por sus defectos físicos que por su nombre. O, mejor dicho, en el que los defectos físicos sirven de nombre. La prueba de estos la encontramos examinando nuestro círculo de amistades. Allí encontramos al Ciego Peña, al Enano Gutiérrez, al Panzón Ribera, y al Cucho Hernández. En provincia, en donde la gente tiene más contacto con la naturaleza, encontramos al Tlacuache Méndez, al Zorrillo Mercado, al Cuervo Herrera y a la Marrana González.

Jorge Ibargüengoitia.

El día de ayer mencione que el segundo mejor cuento de “Sueños de Robot” era precisamente ese con el mismo nombre del libro. Deliberadamente omití al que consideraba el mejor cuento de la recopilación, porque quería compartirlo con ustedes el día de hoy, aunque pueda parecer un poco larga la lectura, los invito a leerlo completo, pues en verdad vale muchísimo la pena.

La Última Pregunta

La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta manera:

Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fieles asistentes de Multivac. Dentro de las dimensiones de lo humano sabían qué era lo que pasaba detrás del rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso -kilómetros y kilómetros de rostro- de la gigantesca computadora. Al menos tenían una vaga noción del plan general de circuitos y retransmirores que desde hacía mucho tiempo habían superado toda posibilidad de ser dominados por una sola persona.  Read More

Hoy a falta de tiempo para publicar un post más en forma, quiero compartir con ustedes un cuento escrito por Juan José Arreola; un excelente escritor mexicano, que aunque no publicó muchas obras fue el responsable de que hayamos tenido en nuestras manos relatos de otros grandes autores como Juan Rulfo.

Este cuento llamado “El Guardagujas” es uno de mis favoritos, y de los mejores cuentos que he leído, ojala y se tomen un poco de tiempo para leerlo y les agrade.

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