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Archivo del Autor: mesaer

Recuerdo mis mañanas de Día de Reyes. Despertaba yo desde las 7:30 am (lo cual era madrugada para mi, y lo sigue siendo) y corría a la sala de mi casa para ver que había al lado de mi zapato. Fuese lo que fuese mi emoción era grande. Y es que yo era un niño de gustos sencillos, bastaban unos cuantos “Hot Wheels” para hacer que brincara de felicidad. Mis épocas de recibir reyes ya pasaron (aunque con gusto les aceptaré cualquier regalo que me quieran dar), ahora es mi sobrino el que recibe regalos en mi casa, y con el me doy cuenta de como ha cambiado este día, y para mal.
Las mañanas y tardes del 6 de enero, solían ser para que todos los niños salieran juguetes en mano a jugar en la calle. Fuera el regalo que fuera, nadie se sentía decepcionado, y aunque a veces te dieras cuenta que los Reyes le traían mejores regalos al niño rico aunque fuera mal portado, a ti te daba igual con tal de recibir los tuyos, por caros o baratos que podían ser.
hypnotized-kid-tabletEstas mañanas de 6 de enero, hará unos años para acá, es diferente esa situación. Ya no salen tantos niños a jugar con sus juguetes nuevos, por la simple razón de que a los niños ya no les regalan juguetes. Mi sobrino, por ejemplo, pidió de regalo de reyes, una “tablet”, ¿para qué carajo quiere un niño de 9 años una tablet? Parafraseando un estado que leí hace rato en Facebook: “En mis tiempos los Reyes traían lo que podían, pero veo ahora a estos chavos muy atascados”. Y no sólo es el caso de mi sobrino (a quien a pesar de mis críticas le regalaron la tablet). Ayer que fui a comprar una tarjeta para mi celular, la tienda estaba llena de madres y padres buscando un celular para regalarle a sus hijos, muchos de los cuales conozco, y sé que no pasan de los 7 años. Lo que nos trae de nuevo la pregunta: ¿para qué carajo quiere un niño de 7 años un celular? ¿Han intentado hablar con un niño que está jugando con un celular? Es como si sus ojos no pudieran ver nada más, siempre los sostienen muy cerca de sus caras y con rostros perdidos, casi casi como si Samsung los estuviera hipnotizando, y solo obtenemos respuestas como: “Aja”, “Sí”, claro está, porque cualquier cosa que esté haciendo ahí, es más interesante que escucharnos balbucear.
Lo peor del caso no son los regalos en sí, sino muchas veces las actitudes de los niños. Como ya dije, en mis épocas (me siento viejo cada que pongo eso) te sentías agradecido con lo que te dieran, así fuera un paquete de luchadores de plástico con su ring; en cambio, hoy si no es el celular que el hijo quería, podemos estar preparados para ver una rabieta, pues los padres no le dan exactamente lo que quiere al niño.
Sé que aún hay muchos padres quienes por el motivo que sea, le regalan a sus hijos, juguetes de cualquier índole, y los invito a seguirlo haciendo. Escucho a menudo a personas el criticar que ya no se ven a los niños jugando escondidas, policías y ladrones, correteadas, etcétera; y créanme que con los regalos que dan hoy día eso no va sino a volverse más extraño. Regálenles carros, muñecas, figuras de acción, lo que sea; pero no los inviten a seguir encerrados frente a la pantalla de un aparato electrónico, casi sin mostrar emociones. Denles una bicicleta, unos patines, y mándenlos a dar la vuelta a la cuadra por lo menos.
Y si por el regalo que le den, el niño hace una rabieta porque no le gusta, por favor denle un fregadazo de mi parte  y enséñenle a estar agradecido con lo mucho o poco que tenga.
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Debo admitir que apenas leí el primer libro de la saga de Mundodisco, me he vuelto un fanático de ellos. En verdad que he leído uno tras otro casi sin detenerme. Es por eso que el día de hoy hablaremos de uno más de ellos: Imágenes en acción.

En una playa solitaria de Mundodisco, el último de los guardianes muere sin haber legado su importante tarea a nadie, gracias a esto, un gran mal se libera en el mundo, un mal llamado Holy Wood…

Con esa premisa, Terry Pratchett nos muestra una rica y entretenida parodia sobre Hollywood, el cine, los actores y algunas películas clásicas. Siguiendo las desventuras de Victor Tulgenbend, un estudiante de hechicería que después de ver su primer “Imagen en acción” se siente atraído por una fuerza misteriosa hacia Holy Wood, donde conoce a Ginger, una joven con aspiraciones de fama y Gaspode, un pequeño perro callejero que de pronto descubre que puede hablar. Quienes son guiados por la gran visión del productor Y-Voy-A-La-Ruina Escurridizo, quien tiene planeado hacer la más grande película que Mundodisco haya visto en la historia. Llena de pasión, guerra, incendios y mil elefantes, mientras dos amantes buscan su lugar en un mundo enloquecido. Lo que ellos no saben es que Holy Wood no es sólo fama, luces y rollos de película; y que alguien, o algo, quiere entrar a nuestro mundo…

Una historia entretenida como sólo a Pratchett se le ocurren, y que recomiendo de sobremanera. Es una historia independiente dentro de Mundodisco, por lo que pueden leerla sin haber leído ninguno de los demás libros. Ideal para ese momento en que estén aburridos, y ni que decir de cuando se sientan abatidos, pues les garantizo que la historia les lograra sacar por lo menos una sonrisa.

El día de hoy nos alejaremos un poco de las recomendaciones sobre películas para ver, y discutiremos sobre un tema que suele surgir últimamente. ¿Vale la pena ir al cine a ver una película?

Antes de que quieran algunos de ustedes comenzar a mentarme la madre por la pregunta, conviene aclarar. Obviamente una película se disfruta mucho más en una sala oscura, en una pantalla más grande, y con un mejor sonido. Sí, eso no lo negaré, pero el que valga la pena ir al cine hoy día, depende de otras cosas también.

Pensemos en este escenario.

Es miércoles, día por excelencia (sin contar fines de semana) para ir a ver una película solo o con los cuates. Decides ir al cine, afortunadamente, en el país, tenemos la competencia de varias compañías dedicadas a la exhibición de películas. Sean Cinemex, Cinepolis, Cinemark, o algunas de sus subsidiarias, así que no es raro (en las ciudades por lo menos) el encontrarse con un complejo cerca de nuestro hogar. Llegas al cine de tu elección y comienzas a pensar en qué película ver. Eso siempre acarrea un problema claro está, porque si se te ocurre pedirle una recomendación a quien esté atendiendo la taquilla, de recomendarte el estreno de turno, no pasa.

Al fin te decides por ver la nueva película de acción de la que todos hablan, ese estreno del verano. Preguntas el precio y es ahí donde comienzan los problemas. Creo que en promedio se encuentra la entrada en unos 50 pesos. Eso sí, siempre y cuando sea temprano, porque a partir de las 3 de la tarde por lo general ya vale 60, y si es ya en la noche, obviamente le vuelven a subir el precio. Claro, antes debes de esperar a que tu buen amigo el/la taquillero/a, termine de conversar con sus amigos mientras te ignora completamente.

Tienes que decidir entonces, como vas a disfrutar de la película. ¿Normal? ¿3D? ¿Doblada? ¿Subtitulada? ¿IMAX? ¿Por qué no IMAX-3D? ¿O tal vez VIP? Ah, pero aquí está uno de los problemas del cine, si por cualquier cosa tienes ganas de ver alguna película infantil en su idioma original (que por lo general es el inglés), bien puedes darte ya por vencido. En mi experiencia, es casi imposible encontrar una sala en donde se exhiba una película infantil subtitulada, tendrás que esperar a que salga el DVD o el Blu-ray.

No olvidemos que algunos cines ya te dan la opción de elegir tus asientos, pero claro como es el estreno del verano, todo está prácticamente lleno, así que observas entre tus opciones de los pocos asientos libres que quedan. Comienza a dolerte la cabeza, te preguntas si veras mejor en la primer fila o en la esquina que al parecer esta tapada por una columna, mientras eres presionado por tu buen amigo el taquillero (que ya ha terminado de platicar), y la fila de clientes tras de ti con sus caras de fastidio. Cthulhu te ilumina y descubres un único asiento solitario justo en medio del cine, sin pensarlo mucho, lo seleccionas, pagas tu boleto y te marchas de la fila.

Terminado tu dolor de cabeza, te das cuenta que esa torta de tamal que te comiste en la mañana no ha hecho mucho por saciar tu hambre, así que te acercas a ver que te puedes comer. Afortunadamente los cines actualmente, ya no sólo cuentan con palomitas y refrescos, sino que tienes bastantes posibilidades a elegir entre lo que quieres comer, vamos hasta sushi encuentras en algunos de ellos. Pero nuestra economía no es tan elevada, así que nos atenemos a los clásicos, y pedimos unas palomitas y refresco.

¿Se nos hizo cara la entrada al cine? Obviamente no sabíamos lo que costaban esas palomitas viejas y el refresco sin mucho gas. 120 pesos en tu chistesito, con miedo volteas a ver cuanto vale una barra de chocolate Snickers, y cuando ves el 45 dibujado en la etiqueta de precio, prefieres mirar hacia otro lado. No quieres ni imaginarte lo que esta pagando el pobre chavo al lado de ti, quien, por quedar bien en su cita con una chava, le compró, además de su “combo pareja”, un hot-dog, unos nachos, unos chocolates, y un Ice de cereza.

Llegas a la sala y te dan tus lentes para disfrutar del 3D. Entras y descubres una escena del apocalipsis. La sala está llena, pues al parecer fuiste el último en decidir entrar, y bajo las miradas de cientos de personas, te deslizas buscando tu lugar, mientras vas pisándole los pies a todos en la fila. Llegas al fin a tu asiento, pero lo descubres ocupado, una pareja está sentada ahí y te piden que les cambies los lugares (tal vez ellos se quedaron con ese detrás de la columna), les dices que no y les pides que se retiren, lo cual hacen (a veces), no sin antes dedicarte una mirada de rencor y desprecio. Te arrepientes al poco rato de no haberles cambiado el lugar cuando llega un tipo gordo que casi se desparrama de su asiento y se sienta a tu lado, dejándote en una posición en que no te puedes acomodar.

Después de que casi te dejen sordo en lo que acaban de ajustar el sonido, empiezan los comerciales (porque claro antes sólo había trailers, pero ahora ya ponen hasta anuncios políticos) y descubres que es casi imposible usar los lentes 3D y usar tus lentes, así que haciendo malabares consigues por fin acomodarlos de una forma incomoda encimados unos con otros. Tratas de poner tu refresco y palomitas en tu regazo, porque no te dejaron ninguna recargadera libre tus compañeros de al lado (el gordo más bien porque la tapa con la panza que se desborda). Ignoras esto y comienzas a comer unas cuantas palomas. Terminan por fin los trailers y comerciales, y comienza tu película después de casi media hora, y descubres con horror que ya te quedan la mitad de tus palomitas grandes y casi nada de refresco.

Nunca falta la persona que buscando más comodidad, se le ocurre que es una buena idea el subir sus pies al asiento de enfrente, el cual desafortunadamente es el tuyo. Y así comienza el martirio de que te estén pateando la cabeza una y otra vez, o moviendo tu asiento, y de que se molesten cuando les pidas que bajen los pies, tan solo para volverlos a subir momentos después.

Un grupo de chavos que probablemente van en prepa (pero viéndoles la cara tu juras que a lo mucho llegan a primero de secundaria), deciden que la película está muy aburrida así que se ponen a platicar, como el sonido es fuerte, obviamente ellos tienen que hablar más fuerte para hacerse escuchar, es así como te terminas enterando de que al parecer saliendo del cine va a haber peda en casa de uno de ellos, mientras que en la parejita que siempre viene incluida en el pack, el chavo esta a punto de hacerse un análisis ginecologico a quien quieres creer es su novia.

Tu amigo el gordo de al lado, decidió que era buena idea contarle a quien sea lo que acompañe, todo lo que hay que saber sobre la película, y con un conocimiento que asombraría a críticos y cinefilos por igual (sobretodo por lo equivocado de este) comienza a poner al corriente a su acompañante. A tu lado suena un celular, los “shhhhh” inundan la sala, y con un “Estoy en el cine, ¿qué paso?”, comienza una nueva conversación sumada a las que ya hay. Afortunadamente decidiste ver la película con subtitulos, sino no hubieras sabido de que trató.

Hora y media después, termina la película. Comienzan las personas a desalojar la sala, mientras la chava frente tuyo se acomoda la blusa y el brasier, pues los sorprendió la luz a ella y su novio. Poco a poco se va todo el mundo y por sobretodo agradeces que se haya ido el tipo que tenía los pies recargados en tu asiento. Buscas en donde poner tu bote de palomitas frías (pues después de acabarse el refresco ya no eran tan apetitosas) y estirarte un poco. Te esperas en tu asiento, pues sabes de buena fuente que pasa algo después de los créditos, mientras un par de empleados se te quedan mirando con cara de: “Ya vete a tu puta casa para que podamos empezar a limpiar”.

Sales por fin de la sala de cine, un trabajador te exige los lentes 3D y tú casi le das los tuyos de pasada, estás lleno de restos de palomitas en la camisa y con la vejiga a punto de explotar. Camino al baño ves de nuevo al chavo que compro media dulcería para la chava que iba con él, la va siguiendo hablándole sin muchos resultados, mientras ella se va con cara molesta.

Es de esta forma que bajo las protestas de que la piratería esta acabando con el negocio, vuelvo a hacer la misma pregunta:

¿Vale la pena ir al cine a ver una película?

La respuesta es un tal vez. Depende más bien de la película que vayamos a ver, algunas valen mucho la pena. Yo, personalmente disfruto mucho más en una sala oscura, como he dicho antes. Por eso antes de poner una película apago la luz de mi sala.

Hoy a propósito del aniversario de la Revolución Mexicana, me propuse el hacer un post sobre la misma. Después de mucho batallar intentando pensar en un buen tema, finalmente se me ocurrió que una buena idea sería publicar alguna historia sobre la revolución, y que mejor que publicar una de alguien que la vivió de primera mano, como lo fue el escritor Martín Luis Guzmán, y relatada en su excelente libro: “El Águila y la Serpiente”. Sin más preámbulos, los dejo con esta excelente historia.

La Fiesta de las Balas.

Atento cuanto se decía de Villa y el villismo, y a cuanto veía a mi alrededor, a menudo me preguntaba en Ciudad Juárez qué hazañas serían las que pintaban más a fondo a la División del Norte: si las que se suponían estrictamente históricas, o las que se calificaban de legendarias; si las que contaban como algo visto dentro de la más escueta exactitud, o las que traían ya, con el toque de la exaltación poética, la revelación tangible de las esencias. Y siempre eran las proezas de este segundo orden las que se me antojaban más verídicas, las que, a mis ojos, eran más dignas de hacer historia.

Porque ¿dónde hallar, pongo por caso, mejor pintura de Rodolfo Fierro – y Fierro y el villismo eran espejos contrapuestos, modos de ser que se reflejaban infinitamente uno – en otro que en el relato que ponía a aquél ante mis ojos, después de una de las últimas batallas, entregado a consumar, con fantasía tan cruel como creadora de escenas de muerte, las terribles órdenes de su jefe? Verlo así era como sentir en el alma el roce de una tremenda realidad y conservar después la huella de eso para siempre.

Aquella batalla, fecunda en todo, había terminado dejando en manos de Villa no menos de quinientos prisioneros. Villa mandó separarlos en dos grupos: de una parte, los voluntarios orozquistas a quienes llamaban “colorados”; de la otra, los federales. Y como se sentía ya bastante fuerte para actos de grandeza, resolvió hacer un escarmiento con los prisioneros del primer grupo, mientras se mostraba generoso con los del segundo. A los “colorados” se les pasaría por las armas antes de que oscureciera; a los federales se les daría a elegir entre unirse a las tropas revolucionarias o bien irse a su casa mediante la promesa de no volver a hacer armas contra la causa constitucionalista.

Fierro, como era de esperar, fue el encargado de la ejecución, a la cual dedicó, desde luego, la eficaz diligencia que tan buen camino le auguraba ya en el ánimo de Villa, o de su “jefe”, según él decía.

Declinaba la tarde. La gente revolucionaria, tras de levantar el campo, iba reconcentrándose lentamente en torno del humilde pueblecito que había sido objeto de la acción. Frío y tenaz, el viento de la llanura chihuahuense empezaba a despegar del suelo y apretaba los grupos de jinetes y de infante: unos y otros se acogían al socaire de las casas. Pero Fierro – a quien nunca detuvo nada ni nadie – no iba a rehuir un airecillo fresco que a lo sumo barruntaba la helada de la noche. Cabalgó en su caballo de anca corta, contra cuyo pelo oscuro, sucio por el polvo de la batalla, rozaba el borde del sarape gris. Iba al paso. El viento le daba de lleno en la cara, mas él no trataba de evitarlo clavando la barbilla en el pecho ni levantando los pliegues del embozo. Llevaba enhiesta la cabeza, arrogante el busto, bien puestos los pies en los estribos y elegantemente dobladas las piernas entre los arreos de campaña sujetos a los tientos de la montura. Nadie lo veía, salvo la desolación del llano y uno que otro soldado que pasaba a distancia. Pero él, acaso inconscientemente, arrendaba de modo que el animal hiciera piernas como para lucirse en un paseo. Fierro estaba contento: lo embargaba el placer de la victoria – de la victoria, en que nunca creía hasta no consumarse la derrota completa del enemigo  -, y su alegría interior le afloraba en sensaciones físicas que tornaban grato el hostigo del viento y el andar del caballo después de quince horas de no apearse. Sentía como caricia la luz del sol – sol un tanto desvaído, sol prematuramente envuelto en fulgores de incendio.

Llegó al corral donde tenía encerrados, como rebaño de reses, a los trescientos prisioneros “colorados” condenados a morir, y se detuvo un instante a mirar por sobre las tablas de la cerca. Por su aspecto, aquellos trescientos huertistas hubieran podido pasar por otros tantos revolucionarios. Eran de la fina raza de Chihuahua: altos los cuerpos, sobrias las carnes, robustos los cuellos, bien conformados los hombros sobre espaldas vigorosas y flexibles. Fierro consideró de una ojeada el pequeño ejército preso, lo apreció en su valor guerrero – y en su valor- y sintió una rara pulsación, un estremecimiento que le bajaba desde el corazón, o desde la frente, hasta el índice de la mano derecha. Sin quererlo, la palma de esa mano fue a posarse en las cachas de la pistola. Read More

Cuando escuche que un nuevo libro acaba de romper los récords de venta que en su momento llegaron a ostentar las obras de Dan Brown y de J. K. Rowling, traté de mantenerme optimista. Vamos no puede ser tan malo -me dije. Cuando escuche que se trataba de un libro “erótico”, ese optimismo comenzó a declinar. Sin embargo, soy de esas personas que dicen que no se debe de juzgar un libro por su portada, y mucho menos criticar algo sin conocerlo realmente, así que me propuse el leer esa obra de la que todo el mundo hablaba y que al parecer estaba causando furor sobretodo entre las mujeres.

Graso error.

***SPOILERS***

El origen de esta obra debió de haberme bastado para saber la calidad de lo que me enfrentaba (aunque dudo que nada me hubiera preparado para esto). El libro inició como un Fan-Fic de la saga de Twilight o Crepúsculo como gusten llamarle. En esa relación abusiva que existe entre Edward y Bella, y que la autora del fan-fic decidió mezclar con toques de BDSM. Tras una queja de la autora de la saga me parece, E. L. James decidió comenzar de nuevo y crear personajes “originales” para su fan-fic, y transformarlo en una historia nueva. Eso sí, sin olvidar el BDSM y las relaciones abusivas.

El libro nos narra la historia de Anastasia Steele, una joven universitaria de 22 años, quien por hacer un favor a su amiga Katherine, termina conociendo a Christian Grey, un joven de 27 años,  con serios problemas en lo que se refiere a relaciones. La premisa es simple, y una de las más usadas en lo que al genero de romance se refiere, una joven conoce a un tipo rico, pero con pasado problemático  ambos se enamoran, él cambia por ella, y ambos viven felices para siempre. Sin embargo, la historia es diferente en esta novela, pues la que termina cambiando es ella, y si me lo preguntan, cambia para mal.

El libro es una porquería inimaginable. Jamás había dicho esto de un libro, pero este libro en verdad me hizo perder horas de mi vida que jamás voy a recuperar. Estoy frente una historia risible, unos personajes terribles, y un erotismo inexistente. Creí que Twilight marcaba la linea en cuanto a personajes mal estructurados y estúpidos, pero Fifty Shades of Grey nos vino a traer un nuevo estándar.

El libro está lleno de tanta basura misógina que me hace pensar en que la autora tiene un serio problema de autoestima. Nos presenta una relación llena de abusos, una relación con un hombre que disfruta maltratando a su pareja, y que de existir en la vida real, yo habría suplicado a la joven que fuera a la policía para detener eso. Twilight y su fan-fic Fifty Shades of Grey nos traen personajes femeninos muy pasivos, personajes que parece que nunca escucharon hablar de la igualdad de géneros, y que disfrutan siendo sobajadas por sus parejas. Son libros en los que en vez de darle poder a las mujeres, se les quita, y se las rebaja a no ser más que una extensión de su hombre, y en el caso de este último, sólo sirve para satisfacer las necesidades sexuales de un pervertido.

Al respecto de la palabra anterior: “pervertido”, quiero mencionar que las personas que practican el BDSM no tienen nada de pervertidas. Digo, cada quien es libre de hacer lo que mejor le plazca en la cama, y el hecho de que algo a nosotros nos pueda parecer extraño, no significa que necesariamente sea malo; sin embargo, este libro no muestra una verdadera representación del mundo BDSM, es simplemente, el mundo retorcido de un tipo que tiene serios traumas. En el BDSM hay reglas, hay palabras seguras, y nadie obliga a nadie a hacer algo que no quiera, se trata de juegos de rol, juegos que empiezan y terminan en la cama, y que no afectan la vida diaria de quienes lo practican. Fifty Shades of Grey nos muestra a un tipo que prácticamente viola a Ana, y que disfruta haciéndolo  y a una mujer que de tanto abuso, termina creyendo que eso es lo correcto; un hombre que no termina el juego en la cama, sino que lo lleva a su vida diaria, un tipo que simple y sencillamente es un acosador pervertido en el mejor uso que se le pueda dar a la palabra y que disfruta teniendo en lagrimas la mayor parte del tiempo a su pareja.

Un libro del que he escuchado decenas de comentarios describiendo lo increíblemente bueno que es, con escenas eróticas muy bien cuidadas, y del que te quieren hacer creer que Christian Grey es una especie de mezcla entre Ryan Gosling y Bill Gates pero un poco travieso. ¡Nada más alejado de la realidad!

De entrada es un libro pésimamente escrito, nadie habla de la forma en que Christian y Ana lo hacen, eso es completamente irreal, y no me quieran salir con la tontería de que es ficción, la historia trata de situarse en un plano realista, entonces debe ser realista. Por Cthulhu, ¿una universitaria que no siquiera tiene una cuenta de correo electrónico? Pero claro, no olvidemos la narración, esa en que la escritora no pierde un instante para meter escenas “eróticas” sin motivo alguno, y frasesitas como lo de la “diosa interna” que más que otra cosa sólo hicieron que me molestara, sobretodo porque las dice a cada instante. Y no olvidemos los “Oh my!” (leí el libro en inglés), mierda, creo que si llego a escuchar a una mujer decir “Oh my” mi cabeza va a explotar. Es más, es un libro tan malo que ni siquiera lo pude leer de corrido, tuve que leer algo más entre lineas (El Segador de Terry Pratchett por si se lo preguntan), porque en verdad sentía como mi coeficiente intelectual disminuía a cada palabra.

Lo peor, no es lo terrible del libro (que en verdad es asqueroso), sino la cantidad increíble de mujeres que lo están leyendo y que se encuentran fascinadas por él. ¿Habiendo tantísima literatura erótica en el planeta y se les ocurre leer una de las peor escritas? Chingado, me imagino a Virginia Woolf o a Jane Austen revolcándose en sus tumbas; ellas, escritoras que pusieron en alto nombre a las mujeres en la literatura cuando era muy difícil ser tomada en serio por su sexo, y de pronto viene esta tipa a echar todo a perder.

No puedo evitar que lean la obra (aunque créanme que me encantaría), pues desafortunadamente nadie experimenta en cabeza ajena. Lo que sí les puedo decir, es que lo hagan bajo su propia responsabilidad  y no digan que no se los advertí. Y por cierto que si a alguno de ustedes le falta medio cerebro y me dice que le gusto la obra, absténgase de comentármelo, pues instantáneamente serán considerados por mi como unos pendejos sin importar quienes sean.

Y bueno ya para terminar este post en que me extendí bastante, a todas aquellas mujeres (u hombres nunca se sabe) que como dije, se imaginan a Christian Grey como una mezcla de Brad Pitt o Ryan Gosling, les dejo la foto del esposo de la autora, en quien está basado el personaje. En pocas palabras, esté es el verdadero rostro de Christian Grey, y espero que piensen en él mientras leen el libro.

Ya tenía tiempo que no publicaba algo en esta sección, la cual debo decirlo, es mi favorita de escribir, pero la que más se me dificulta, más que nada, por tratar de hacerlo lo más simple posible.

Hace un par de horas mientras viajaba por el metrobus, una pareja a mi lado, iba hablando precisamente sobre reactores nucleares, desafortunadamente por lo cerrado del lugar muchas veces no podemos evitar el escuchar conversaciones ajenas, y debo admitir que al escuchar el tema, me puse a prestar atención. El chavo, iba contándole a su novia cómo funciona una central nuclear y los reactores dentro de ella, y ella cual feligrés en una ceremonia religiosa, aceptaba todo lo que su novio le decía sin dudar por un momento de su palabra.

Cabe decir que todo lo que el chavo le dijo, eran puras tonterías, y que tuve que hacer un esfuerzo muy grande por contenerme y no corregirlo durante la conversación. Bueno, precisamente por esto, creo que hoy sería una buena idea el hablar precisamente de cómo funcionan las centrales nucleares, y los reactores dentro de ellas.

Un reactor nuclear es un dispositivo en el que es posible el generar una reacción nuclear de forma controlada. Estas reacciones se pueden utilizar para varias cosas, como por ejemplo generar neutrones y positrones para la investigación científica, generar plutonio que tiene diversos usos, como combustible de propulsión, o uno de sus usos más comunes, la generación de calor y de ahí la de energía eléctrica en centrales nucleares, que es lo que hoy nos interesa.

Los hay también de diversos tipos, podríamos separarlos en reactores de fisión y de fusión, o debido al uso que se les de. Quedémonos con la primer clasificación, y mencionemos algunas diferencias.

En física, la fisión es una reacción que sucede en el núcleo atómico. Esta ocurre cuando un núcleo pesado se divide en dos o más núcleos pequeños. La fisión es un proceso exotérmico por lo que libera grandes cantidades de energía. Esta energía se emite, tanto en forma de radiación como de energía cinética, misma que calentará la materia que se encuentre alrededor de donde se produzca la fisión. La fisión se puede lograr por varios métodos, como lo es bombardear el núcleo de un átomo con energía. Esto hace que el núcleo se vuelva inestable, por lo que se partirá en varios pedazos, estos liberan además nuevos neutrones, que bombardearan nuevos núcleos  y los separaran, osease, se genera una reacción en cadena que transforma, el elemento original, y nos genera gran cantidad de energía y calor.

La fusión nuclear es el proceso inverso de la fisión, mientras que en esta un núcleo es separado en otros más pequeños, en la fusión varios núcleos se unen para formar un núcleo más pesado.  Esto hace que se libere una gran cantidad de energía, o que se absorba. Si son elementos de menor masa que el hierro los que se fusionan, estos liberan energía, si son de masa mayor absorben energía. La fusión nuclear es la principal fuente de combustible de las estrellas, incluido obviamente el Sol.

Como pueden ver, un reactor nuclear en ningún momento explota una bomba para hacer energía como iba afirmando el chavo del metrobus. En fin, continuemos.

Las centrales nucleares se aprovechan de la gran cantidad de calor que se genera para producir energía eléctrica, y son muy eficientes al hacerlo. En México contamos con la Central Nuclear de Laguna Verde, que anualmente genera 4,782 GWh de energía, que equivale (aunque no estoy muy seguro de esto) al 3% de la energía del país. Puede no sonar a mucho, sin embargo es una sola instalación de dos reactores la que genera eso, imagínense que con 10 iguales ya tendríamos el 30% y sin muchas complicaciones.

Pero, ¿cómo funcionan?

Por lo general en este caso se utilizan reactores de fisión, que utilizan uranio 235. La fisión se genera justo como ya lo explique y comienza a generar la energía en forma de calor, esta energía calienta contenedores de agua que están dentro del reactor y que debido a las altas temperaturas se transforma casi inmediatamente en vapor. El vapor fluye a través de un sistema de tuberías hasta llegar a unas turbinas, estas turbinas gracias al vapor se mueven y con su movimiento activan los generadores que se encargan de producir electricidad, la cual se almacena o distribuye de acuerdo a las necesidades que existan. El vapor se suele “reciclar” al ser condensado por medio de torres de refrigeración, regresando a los contenedores de agua del reactor y reiniciando el proceso.

El “humo” que se suele ver en estas torres de refrigeración es de esta forma, vapor de agua, y no humo como tal, ni mucho menos como dijera mi amigo del metrobus: “todos los contaminantes y material radioactivo”.

Obviamente las plantas generan desechos, mismos que son causantes de la mayor parte del temor que se le tiene al uso de energía nuclear. Estos desechos pese a lo que la mayoría de las películas e historias nos hacen creer, son manejados cuidadosamente y depositados en lugares apropiados en los que no puedan contaminar el medio ambiente, ni ser un peligro para las personas (en la mayoría de los casos, porque no faltará alguno que me quiera dar un ejemplo en que no). Además hoy día, se están haciendo grandes avances para la reutilización de estos residuos, y países como Japón y Francia (lideres en la producción de energía nuclear) ya reutilizan sus deshechos en las centrales mismas.

Debido a algunos accidentes que han sucedido en la historia, la gran mayoría de las personas no tiene confianza en la energía nuclear, sobretodo por asociarla también a las bombas. Esto es simplemente un claro ejemplo de que las cosas dependen del uso que se les de, pueden ser armas sí, pero también pueden ser una forma de producción de energía que no libera gases de efecto invernadero a la atmósfera y que por lo general no produce grandes contaminantes. Desastres como aquel de Chernobyl o lo sucedido en Fukushima a causa del terremoto y tsunami, no deben hacernos perder la fe en este tipo de energía, pues los accidentes pasan no sólo en centrales nucleares, también en hidroeléctricas, termoeléctricas, e incluso eólicas. La energía nuclear ha causado muchos menos accidentes letales por unidad de energía generada que cualquier otra de las formas principales de generación de energía.

Vivimos en una sociedad ingrata. Contrata a una serie de personas con el objeto de que cuiden de la aplicación  de leyes inoperantes y defiendan instituciones antediluvianas,  les entrega armas y les pone trabas para usarlas, les confiere autoridad y les exige que se porten como caballeros, las pone en tentación y las acusa de soborno.

Este homenaje está escrito para compensar  aunque sea en parte, las injusticias que la opinión pública comete a diario contra los guardianes del orden público.

Para empezar, quiero subrayar el hecho bien conocido de que en nuestra sociedad siempre se ha visto a la policía con malos ojos. El mexicano nace, crece y se desarrolla en un ambiente de desconfianza hacia la policía. Prueba de esto son los motes despectivos con que siempre se ha denominado a los guardianes del orden: “los azules”, “los tecolotes”, “los tamarindos”, “muelas”, etc. Nadie tiene una palabra de aliento para ellos. Nunca he oído decir, por ejemplo, “¡arriba muelas!”, o “¡bravo, tamarindo, tú eres mi gallo!”. Nadie los invita a una fiesta divertida, sino cuando ésta ya se echó a perder y hay sangre. La posición social del policía es semejante a la de los operadores de proyectores de películas -cácaros, por mal nombre- a quienes el público no recuerda más que en momentos de desastre y para insultarlos. Nunca he visto que la gente aplauda porque la película no se cortó. Lo mismo les pasa a los policías. Nadie se acuerda de ellos cuando la ley no se violó.

Que cuatro agentes mataron a un ladrón y se llevaron el botín, que un policía le dio un balazo a una niña, que otro se desnudó en el interior de un banco y obligó a los clientes, a punta de pistola, a presenciar su deshabillé. Es lo único que oímos. Nadie se acuerda de los diez mil agentes que todos los días cumplen con su deber.

A uno de ellos lo tengo enfrente todos los días. Es un modesto policía auxiliar. Usa un bigotito muy bien recortado, cabello lustroso, uniforme impecable y fornitura de general. Su misión es importantísima: tiene por obligación cuidar que se respete el bien más preciado de la comunidad que lo ha contratado: el derecho de estacionamiento. Su actividad es agotadora. Está en la puerta de un multifamiliar y tiene que vigilar que los coches que lleguen  tengan una calcomanía especial. Cuando este requisito se cumple, tiene que quitar una cadenita, dejar pasar al coche, y volver a poner la cadenita en un gancho. Cuando uno de los de adentro quiere salir, misma operación a la inversa. Es un trabajo pesado. Significa pasarse el día sentado en un banquito, escupiendo y oyendo canciones rancheras en la radio portátil. Por la noche, viene su relevo, que descuelga la cadenita y se duerme hasta el día siguiente.

La labor de estos hombres es limitada, pero tiene un valor inapreciable. Requiere mucha atención. El policía a que me refiero cumple con sus obligaciones al pie de la letra. Que viene una tolvanera y la basura se riega por todo el patio, ¿ustedes creen que el policía va a abandonar su puesto, coger una escoba y ponerse a barrer? Nada de eso. Sigue sentado en su banco, escupiendo. ¿Que llega el camión de la basura y faltan brazos para vaciar los botes? El policía sigue en su puesto. ¿Que unos barbajanes tumban un árbol enfrente al condominio y en las narices del policía? Este sigue en su puesto. ¿Que una señora es asaltada y violada enfrente al condominio? El policía sigue en su puesto. Pero es humano. Más tarde la interroga, le pide detalles y hace comentarios.

Estoy seguro que no hay día que no esté lleno de ejemplos, como éste, de policías que cumplen con su deber. Pero nadie se acuerda de ellos.

En cambio, todo el mundo habla de los casos en que el organismo judicial falla. Por ejemplo: hace varios meses los agentes judiciales invadieron casas vecinas a la mía e hicieron varias aprehensiones. Uno de los aprehendidos era un barbón. El vecindario echó pestes: “entraron sin orden judicial”; “se lo llevaron por hippie”, etc.

Nada más equivocado. En primer lugar, se trataba de dos peligrosos contrabandistas que tenían su guarida en una de las casas invadidas. A uno de ellos lo encontraron con las manos en la masa -es decir, en el whisky-  y se lo llevaron inmediatamente. Varios agentes se quedaron en el vecindario en espera del segundo contrabandista. ¿Y qué ven venir? A un alemán también barbón, que acababa de salir de Guatemala porque allí no hay seguridad. Lo vieron entrar, no en la casa de los contrabandistas, sino en la de junto. “Este es nuestro hombre”, dijeron. Forzaron la puerta y lo encontraron tirado en un petate escuchando Mozart. Lo sacaron a rastras, le vendaron los ojos, y lo llevaron a dar vueltas en una camioneta, mientras lo interrogaban, picándole las costillas con una pistola. Ni el alemán entendía lo que ellos le preguntaban, ni ellos lo que él les respondía. Esto es muy natural, porque no puede exigir uno que cada policía sea un lingüista consumado. La prueba de que los agentes no tenían malas intenciones es que no lastimaron al alemán. Se concretaron a quitarle su dinero y el aparato de radio en el que había estado escuchando Mozart. La murmuración pública fue completamente injustificada. Después de todo, la victima era un alemán barbón. ¿Quién le manda venir a México? Y si no le gusta, pues que se vaya.

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