Homenaje a la Policía.

Vivimos en una sociedad ingrata. Contrata a una serie de personas con el objeto de que cuiden de la aplicación  de leyes inoperantes y defiendan instituciones antediluvianas,  les entrega armas y les pone trabas para usarlas, les confiere autoridad y les exige que se porten como caballeros, las pone en tentación y las acusa de soborno.

Este homenaje está escrito para compensar  aunque sea en parte, las injusticias que la opinión pública comete a diario contra los guardianes del orden público.

Para empezar, quiero subrayar el hecho bien conocido de que en nuestra sociedad siempre se ha visto a la policía con malos ojos. El mexicano nace, crece y se desarrolla en un ambiente de desconfianza hacia la policía. Prueba de esto son los motes despectivos con que siempre se ha denominado a los guardianes del orden: “los azules”, “los tecolotes”, “los tamarindos”, “muelas”, etc. Nadie tiene una palabra de aliento para ellos. Nunca he oído decir, por ejemplo, “¡arriba muelas!”, o “¡bravo, tamarindo, tú eres mi gallo!”. Nadie los invita a una fiesta divertida, sino cuando ésta ya se echó a perder y hay sangre. La posición social del policía es semejante a la de los operadores de proyectores de películas -cácaros, por mal nombre- a quienes el público no recuerda más que en momentos de desastre y para insultarlos. Nunca he visto que la gente aplauda porque la película no se cortó. Lo mismo les pasa a los policías. Nadie se acuerda de ellos cuando la ley no se violó.

Que cuatro agentes mataron a un ladrón y se llevaron el botín, que un policía le dio un balazo a una niña, que otro se desnudó en el interior de un banco y obligó a los clientes, a punta de pistola, a presenciar su deshabillé. Es lo único que oímos. Nadie se acuerda de los diez mil agentes que todos los días cumplen con su deber.

A uno de ellos lo tengo enfrente todos los días. Es un modesto policía auxiliar. Usa un bigotito muy bien recortado, cabello lustroso, uniforme impecable y fornitura de general. Su misión es importantísima: tiene por obligación cuidar que se respete el bien más preciado de la comunidad que lo ha contratado: el derecho de estacionamiento. Su actividad es agotadora. Está en la puerta de un multifamiliar y tiene que vigilar que los coches que lleguen  tengan una calcomanía especial. Cuando este requisito se cumple, tiene que quitar una cadenita, dejar pasar al coche, y volver a poner la cadenita en un gancho. Cuando uno de los de adentro quiere salir, misma operación a la inversa. Es un trabajo pesado. Significa pasarse el día sentado en un banquito, escupiendo y oyendo canciones rancheras en la radio portátil. Por la noche, viene su relevo, que descuelga la cadenita y se duerme hasta el día siguiente.

La labor de estos hombres es limitada, pero tiene un valor inapreciable. Requiere mucha atención. El policía a que me refiero cumple con sus obligaciones al pie de la letra. Que viene una tolvanera y la basura se riega por todo el patio, ¿ustedes creen que el policía va a abandonar su puesto, coger una escoba y ponerse a barrer? Nada de eso. Sigue sentado en su banco, escupiendo. ¿Que llega el camión de la basura y faltan brazos para vaciar los botes? El policía sigue en su puesto. ¿Que unos barbajanes tumban un árbol enfrente al condominio y en las narices del policía? Este sigue en su puesto. ¿Que una señora es asaltada y violada enfrente al condominio? El policía sigue en su puesto. Pero es humano. Más tarde la interroga, le pide detalles y hace comentarios.

Estoy seguro que no hay día que no esté lleno de ejemplos, como éste, de policías que cumplen con su deber. Pero nadie se acuerda de ellos.

En cambio, todo el mundo habla de los casos en que el organismo judicial falla. Por ejemplo: hace varios meses los agentes judiciales invadieron casas vecinas a la mía e hicieron varias aprehensiones. Uno de los aprehendidos era un barbón. El vecindario echó pestes: “entraron sin orden judicial”; “se lo llevaron por hippie”, etc.

Nada más equivocado. En primer lugar, se trataba de dos peligrosos contrabandistas que tenían su guarida en una de las casas invadidas. A uno de ellos lo encontraron con las manos en la masa -es decir, en el whisky-  y se lo llevaron inmediatamente. Varios agentes se quedaron en el vecindario en espera del segundo contrabandista. ¿Y qué ven venir? A un alemán también barbón, que acababa de salir de Guatemala porque allí no hay seguridad. Lo vieron entrar, no en la casa de los contrabandistas, sino en la de junto. “Este es nuestro hombre”, dijeron. Forzaron la puerta y lo encontraron tirado en un petate escuchando Mozart. Lo sacaron a rastras, le vendaron los ojos, y lo llevaron a dar vueltas en una camioneta, mientras lo interrogaban, picándole las costillas con una pistola. Ni el alemán entendía lo que ellos le preguntaban, ni ellos lo que él les respondía. Esto es muy natural, porque no puede exigir uno que cada policía sea un lingüista consumado. La prueba de que los agentes no tenían malas intenciones es que no lastimaron al alemán. Se concretaron a quitarle su dinero y el aparato de radio en el que había estado escuchando Mozart. La murmuración pública fue completamente injustificada. Después de todo, la victima era un alemán barbón. ¿Quién le manda venir a México? Y si no le gusta, pues que se vaya.

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1 comentario
  1. altair dijo:

    hmmm mas que cierto Sempai :/ nunca valoran a los pobres Oficiales del orden Publico :/ como a tantos funcionarios Publicos

Mientanos la madre

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