Catálogo Onomástico.

I

El primer Orestes de que tuve noticia se apellidaba Cendrero y era autor de un libro elemental de anatomía que en mis tiempos se estudiaba en tercero de secundaria. Desde el momento en que vi la portada me pareció extraño y un poco ridículo que a alguien se le hubiera ocurrido ponerle a su hijo Orestes, pero en mi ignorancia juvenil, no comprendí las implicaciones que el nombre tenía consigo.

Tuvieron que pasar muchos años y yo llegar a aprendiz de dramaturgo para enterarme de quién había sido el primer Orestes, de los trabajos que había pasado y de la inconveniencia de bautizar a nadie con ese nombre. La situación quedó perfectamente clara para mí la noche que asistí a la representación de El luto le sienta a Electra, en la que, como es de rigor en todas las obras derivadas de  la Orestiada, el padre engaña a la madre, la madre mata al padre, y el hijo, inspirado por la hermana, mata a la madre y después vive infeliz el resto de su vida. Esta obra, que es de O’Neill, se desarrolla en Estados Unidos y los dos hermanos se llaman Orrin y Livie, pero el traductor mexicano, con el objeto de aumentar el dramatismo y ponerla al alcance de personas de poca imaginación, cambió los nombres de los personajes y los llamó igual que los modelos originales, Orestes y Electra.

Al terminar la función María Luisa Algarra resumió la impresión que le había dejado la obra con las siguientes palabras:

-Bueno , si alguien le pone a su hijo Orestes y a su hija Electra, ya sabe lo que le espera.

Antiguamente había la costumbre piadosa de dejar la elección de los nombres de los recién nacidos a la Providencia y bautizaros con el nombre del santo cuya fiesta se celebraba el día de su nacimiento. Esta práctica tenía por consecuencia que hubiera personas que se llamaran Blandina (dos de junio), Celiflora (cinco de enero), Aristarco, Sofonías, Sisenando, Floro, Focas, Fotina, la samaritana y sus hijos, mártires, (20 de marzo), etcétera. (Datos tomados del Más Antiguo Galván).

Es claro que semejantes resultados estaban destinados a dar al traste con la costumbre, porque los amorosos padres no estaban dispuestos a soltar al hijo en el mar proceloso de la vida con un nombre como Foca a cuestas, o a una hija con el de Blandina. Tomaron el asunto en sus manos y lo resolvieron como Dios les dio entender. Con muy poca imaginación, desde luego.

Durante un tiempo se bautizó a los niños con los nombres de los santos o las vírgenes más populares. Esto redujo la nomenclatura notablemente. Proliferaron nombres como el de Carmen, Juan y José, y en las fechas de estás fiestas aumentaros de manera alarmante los accidentes por exceso de velocidad, los navajazos y los gallos. Pero hay que admitir que todos vivían felices con nombres que se perdían en el montón y que pasaban inadvertidos. Al mismo tiempo, los nombres dejaron de servir de distintivo. Yo, por ejemplo, tengo uno que no sirve para nada. Si digo por teléfono:

-Habla Jorge.

Me preguntan irremisiblemente “¿Cuál Jorge?, porque hay catorce que pudieron haber hablado.

Pero para eso sirven los apellidos y los motes. Se dan casos, por ejemplo, en el que el que llama dice:

-Habla Jorge López Bermúdez.

El que contesta cubre la bocina y anuncia:

-Te habla el Fifirafas.

Pero como nunca faltan personas ambiciosas que quieren distinguirse de alguna manera, aunque sea por los nombres de sus hijos, hay quien elige para bautizar a su familia, nombres de reyes famosos: Guillermo (el Conquistador), Alejandro (el Magno), Humberto (del Piamonte), etcétera. Pero quiere el destino, que es muy mañoso, que estos tres niños pasen por la vida y lleguen a viejos conocidos como Memo, Ale y Beto.

Hemos llegado a un punto álgido del problema. Los nombres, que al verlos escritos en el acta de nacimientos nos dan la impresión de tener una forma definitiva, son en realidad material moldeable que va tomando con el uso formas diferentes. Aunque hay algunos que tienen una trayectoria claramente previsible. Hay un 95% de probabilidades de que una María de la Concepción acabe Concha o Conchis, según su carácter  El 5% restante acaban Chonchón o Chonchona. Pero hay otros nombres que se plasman recurriendo a la participación del que los lleva. Por ejemplo. Una de esas señoras amables le pregunta a un niño que está al lado de su mamá:

-¿Cómo te llamas niño?

-Dile “Cornelio, señora” -dice la mamá, metiendo su cuchara.

-Coneyo dice el niño obedientemente.

Y Coneyo se queda y Coneyo se va a la tumba.

II

Conozco dos Américas, una Argentina, una Colombia y dos Italias. Esto sin ser gran viajero. En realidad sin necesidad de moverme de la Ciudad de México. Son mujeres que así se llaman.

El por qué les pusieron así es un misterio, pero creo que podemos suponer, sin peligro de cometer grandes injusticias, que esta clase de bautismos ocurrieron en momentos en que los padres llegaron a creer a pie juntillas que la América es una tierra nueva llena de oportunidades, o bien, tenían esperanzas de que su hija tuviera una voz admirable, estaban llenos de nostalgia por la patria lejana, o quisieron poner en evidencia, en el nombre de la hija, la ascendencia italiana de la familia. De cualquier manera, estos nombres se prestan a malas interpretaciones, como por ejemplo, la de pensar que alguien es traidor a la patria por que le vendió unos terrenos a Italia.

Estos nombres son característicos de la época en la que el hombre moderno se libero del Año Cristiano y se lanzo por caminos inexplorados en busca de nuevas emociones. Fruto de estos afanes son nombres como el de Alma (no conozco a nadie que se llame Cuerpo), Ifigenia, Conchita del Mar y Zandunga. Tienen el inconveniente de que datan a las hijas, porque ya no se usan, y de que perpetúan la emoción, generalemente pasajera, que embarga a los padres en el momento en que ocurrió el bautismo.

Entre las personas que recurren a esta clase de nombres para sus hijos es fácil discernir la mente de elevados vuelos, las buenas intenciones y el optimismo con respecto al futuro de los hijos. Prueba de esto es que hay quien se llama Libertad, pero no quien se llame Corrupción de Menores… o Histeria. “Histeria Ibargüengoitia” para servir a usted”.

Para bautizar a los niños, conviene tener en cuenta ciertas consideraciones que podríamos llama funcionales. Por ejemplo, si la familia vive en un multifamiliar y la madre tiene que llamar todas las tardes a sus hijos para que vengan a merendar desde el balcón de un tercer piso, no es conveniente que salga al crepúsculo a gritar:

-¡Panchita! -o bien: ¡Lencho!

Porque éstos son gritos de vecindad. Héctor, por ejemplo, y Fabiola, son mucho más distinguidos. Tienen, además, la ventaja de poner de manifiesto el hecho de que la familia ha leído, cuando menos, dos libros, La Iliada, y la novela del Cardenal Wiseman.

Los padres que viven atentos a los últimos adelantos de la humanidad deben pensar dos veces antes de ponerles a sus hijos Tereskova y Gagarin, por ejemplo. La niña Tereskova está condenada a ser conocida con el nombre de Teresona y además a no poderse quitar nunca la edad, porque es evidente que nació en el mismo año en que una mujer hizo el primer vuelo espacial. Por otra parte , si la familia es de multifamiliar, como la del ejemplo anterior, al primero grito de “¡Gagarin!”, mil quinientas familias cristianas los van a creer comunistas y los van a discriminar.

Otra consideración funcional es la de que, en nuestro medio, todos los nombres tienden a acabar siendo de dos silabas. Por esta razón Jorge, Sonia y Olga tienen mayor posibilidad de supervivencia que Francisco, Consuelo y Susana, que se transformaran en Paco, Chelo, y Susa respectivamente.

Los nombres de Sonia y Olga tienen el defecto, lo mismo que el de Esmeralda, de abundar entre los prófugos de la Merced, que forman una clase social muy definida, que se distingue, precisamente, por no querer parecer prófugos de la Merced.

Los nombres comunes y corrientes traducidos a idiomas extranjeros, como Frank, Elisabeth Juliette, unidos a apellidos como González, Arozamena y Sánchez, ponen de manifiesto una ignorancia total del idioma nativo, o bien, ascendencia chicana. Hay que procurar evitarlos y reconocer que ciertos apellidos no tienen compostura y no se prestan para andar luciendolos en sociedad. Si no se apellida uno Battemberg, más le vale llamarse Pedro.

La última consideración funcional, y la más importante de todas, es la de que el nombre con que bautice uno a sus hijos carece de importancia. No hay que olvidar que en México, que es un país en donde la gente se conoce más bien por sus defectos físicos que por su nombre. O, mejor dicho, en el que los defectos físicos sirven de nombre. La prueba de estos la encontramos examinando nuestro círculo de amistades. Allí encontramos al Ciego Peña, al Enano Gutiérrez, al Panzón Ribera, y al Cucho Hernández. En provincia, en donde la gente tiene más contacto con la naturaleza, encontramos al Tlacuache Méndez, al Zorrillo Mercado, al Cuervo Herrera y a la Marrana González.

Jorge Ibargüengoitia.

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